25 de Septiembre de 2018

Opinión

Es argentino y es jesuita

Nunca en la historia ninguno de sus 265 antecesores había elegido ese nombre en recuerdo e inspiración de San Francisco de Asís.

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¿Qué paso es más corto, el del odio al amor o el del amor al odio?  Florestán

Ciudad del Vaticano. Cuando el cardenal protodiácono, el francés Jean-Louis Tauran, salió al balcón central de la Basílica de San Pedro a las ocho de la noche con 12 minutos de la helada y lluviosa noche romana, nadie imaginó que el sucesor de Benedicto XVI fuera a ser un jesuita argentino de 76 años que había sido el más votado en 2005 solo después de Joseph Ratzinger, que saldría de aquel cónclave como Benedicto XVI.

Una hora antes, a las 7 con seis minutos, el humo blanco de la chimenea de la Capilla Sixtina había anunciado al mundo que los 115 cardenales electores reunidos bajo aquel techo habían sumado más de 77 votos, la mayoría calificada de dos tercios, a favor de uno de ellos y que éste había aceptado.

A esa hora los tres escrutadores ya habían contado una a una las boletas de la cuarta votación del día, la quinta del cónclave, y anunciado a los presentes que uno de ellos, Jorge Mario Bergoglio, tenía los votos y había sido electo como el nuevo sucesor de Pedro.

El cardenal decano, Giovanni Battista Re, caminó hasta el escaño de Bergoglio, un sencillo jesuita, crítico de la riqueza y de los excesos de los Kirchner, y le preguntó si aceptaba, a lo que respondió que sí; enseguida le preguntó cómo quería llamarse, y le contestó que Francisco.

Nunca en la historia ninguno de sus 265 antecesores había elegido ese nombre en recuerdo e inspiración de San Francisco de Asís, que lo retrata como el arzobispo que en Buenos Aires viajaba en el Metro.

Acto seguido pasó a la llamada Sala de las Lágrimas, sacristía de la Sixtina llamada así porque la tradición dice que allí lloran los Papas a solas tras su elección, eligió una de las tres sotanas blancas que ajustaron a su medida, uno de los cinco pares de zapatos rojos, el solideo y salió de nuevo al pleno a recibir el nuevo anillo del pescador de manos del decano Re, que fue el primero en protestarle obediencia, a lo que le siguieron los otros 113 cardenales.

Tuvo un momento, a solas, de oración y luego avanzó de la Sixtina al primer piso de la Basílica de San Pedro para asomarse al balcón central en el que unos segundos antes el cardenal protodiácono había anunciado a la plaza, a Roma y al mundo el habemus papam y que era Jorge Mario Bergoglio, una sorpresa para todos.

Y de la sorpresa, plaza, Roma y el mundo, pasaron al descubrimiento de un hombre sencillo, humilde, que antes de impartir la primera bendición urbi et orbi pidió que se la dieran a él, dijo que sus compañeros habían ido al fin del mundo para encontrar al nuevo obispo de Roma y oró en el balcón por su antecesor.

Apareció sin la esclavina, con la sencillez del hábito blanco, como Juan Pablo II, en 1978, y como él, cautivó al mundo con su sencillez y su sonrisa.

Habemus Papam.

Nos vemos mañana, pero en privado

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