11 de Diciembre de 2017

Opinión

Esclavos de la sincronía

La vida está llena de paradojas, y el mundo en línea no puede ser diferente, pero, si de contradicciones hablamos...

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La vida está llena de paradojas, y el mundo en línea no puede ser diferente, pero, si de contradicciones hablamos, en estos tiempos digitales la más evidente y peligrosa es la incapacidad para comunicarnos. Esta contradicción de internet teóricamente se explica sola, pero también es cierto que no se entiende, o por lo menos, no se quiere comprender, pues pone en evidencia nuestra errada participación en redes sociales, epítome de la comunicación. 

Buscando una razón a esta incongruencia, la encontramos en el corazón mismo del éxito de la red de redes: la sincronía e inmediatez. En estos tiempos, estamos no sólo inmersos, sino adheridos a los medios, el papel del usuario de internet define el dominio del universo “online”, pero no sin romper la línea de la comunicación y entendimiento de lo que nos rodea. Las aplicaciones de redes sociales y de mensajería instantánea, nos convierte en esclavos de la inmediatez, desde responder con rapidez enfermiza a los sonidos de notificación de Facebook, Twitter o Whatsapp, al hecho, aún más grave, de consultar las enciclopedias y diccionarios sin aprender absolutamente nada, pues sólo “copiamos y pegamos” la información, profundizando nuestra ignorancia, en aras de aparentar conocimientos.

Se cree que la instantaneidad y sincronía a la que  estamos obligados por internet, beneficia la comunicación y difusión de ideas y conceptos, cuando la realidad demuestra lo contrario. Sin ir más lejos, revise su “timeline” en Facebook con detenimiento, y notará cuán popular resulta compartir noticias alarmantes y sensacionalistas sobre el caso Ayotzinapa y darlas por verdad absoluta, porque los usuarios que la divulgaron no leyeron la nota, sólo se dejaron llevar por el  encabezado. En aspectos menos politizados, en nuestra vida cotidiana también somos víctimas de la inmediatez y sus falsos frutos, al grado que, en muchas ocasiones, tenemos prisa por decirle “al mundo” en qué lugares estamos, que estamos comiendo, o incluso, en capturar el momento en una fotografía, anteponiendo la necesidad de revelar a detalles nuestra vida, al hecho mismo de vivirla. 

Esta inmediatez producto de las redes sociales, también produce un conflicto de comunicación entre sus usuarios y organismo, sean públicos y privados. Dada la rapidez con que Twitter y Facebook permiten dar a conocer las opiniones y quejas, se esperan lo mismo de las respuestas, y al no lograrlas “al momento”, resulta fácil clamar desprecio, represión o desinterés, apenas minutos después de enviar el “tweet”. En otras palabras, queremos el cacahuate “peladito y en la boca”. 

Como usuarios de redes sociales, buscamos la forma y no el fondo: perdemos la ocasión de disfrutar nuestros actos, en aras de que otros nos digan dónde y cuándo hacerlo, negándonos a comunicar, apostando todo a únicamente difundir. 

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