17 de Diciembre de 2017

Opinión

Escuela para alcaldes

El pasado miércoles tuve un acercamiento brevísimo con el ex alcalde de Cancún, Julián Ricalde Magaña...

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El pasado miércoles tuve un acercamiento brevísimo con el ex alcalde de Cancún, Julián Ricalde Magaña. El encuentro en una cafetería de la concurrida avenida La Luna fue casual, como encontrarse al vecino que no habías visto durante varias semanas y que paradójicamente te lo topas en donde no esperabas hallarlo; con Julián pasó algo similar, con la variante de que al amigo convertido en hombre público no lo pude ver durante tres años, salvo en las notas de los periódicos locales y acercarse a él – como a cualquier otro alcalde de Cancún- resultó como pretender alcanzar al sol: imposible.

Al ingresar al establecimiento comercial descubrí a Julián Ricalde dialogando con otra persona, su mirada se cruzó con la mía y nos saludamos de lejos; nada más. Seguí de largo hasta donde me esperaban y me olvidé del perredista que gracias a una coyuntura política pudo convertirse en alcalde de esta ciudad, sin haberse previamente distinguido por su participación ciudadana o contar con algún mérito específico; finalmente nada distinto a los demás gobernantes de la ciudad. Julián arribó al poder porque la candidata del PRI no era la misma del gobernador y porque además contaba con el apoyo político y financiero de su padrino, el entonces alcalde opositor Gregorio Sánchez Martínez, a quien traicionó después para establecer un cómodo pacto de no agresión con los poderes establecidos. El acuerdo supra-institucional no le duró lo suficiente como para asegurarse una salida del poder tranquila y sin sobresaltos. 

Julián fue a los sanitarios que se encuentran al fondo de la cafetería y al salir pasó por mi mesa, creo a propósito, como político que es. Lo vi venir y me paré para saludarlo, pero no pude evitar decirle antes de estrechar su mano: qué difícil fue pretender hablar contigo  (refiriéndome desde luego a los tres años que el político estuvo resguardado en su cápsula de poder). El hombre se acercó y seguramente hizo un recorrido rápido por su mente y cayó en la cuenta que no hubo ningún encuentro o acercamiento entre ambos, después de su campaña al cargo. Me dio la mano, me miró un tanto perplejo y exclamó: Te acepto tu reclamo, igual que como se lo he aceptado a muchos amigos… Luego remató con una frase lacónica: debería haber escuela para presidentes municipales…”

Dos días después me enteré que el candidato de Julián Ricalde a la presidencia estatal de su partido había perdido la elección. El ex alcalde se lamentó de haber sido traicionado por muchos correligionarios a quienes apoyó durante su mandato, y entonces comprendí que un hombre público tiene mucho por aprender sobre la naturaleza humana y sobre todo acerca del autoconocimiento y control de sus propios demonios.  No en tres y tampoco en seis años se termina de aprender, supongo.   

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