21 de Julio de 2018

Opinión

Espartaco 2013, Lección Uno

El resultado inmediato será la humillante afectación sistemática de los derechos (humanos para empezar) de la población ajena a “la causa”.

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Minervino Morán, uno de los dirigentes visibles de la facción magisterial guerrerense que a rajatabla se opone a cualquier plan gubernamental de enseñanza y a la nueva Ley General de Educación, compensa con imaginación sus fragilidades pedagógicas:

“Ahorita es detener la reforma educativa. Si la detenemos, tenemos posibilidad de detener las demás reformas”, aventuró ayer. 

No asimiló la lección Espartaco del viernes para la irreprochable reapertura de la autopista México-Acapulco.
Eso de “si la detenemos” es improbable, pero la “posibilidad de detener las demás reformas” es impensable.
Ambas presunciones tienen la misma factibilidad que la insensatez de querer detener las olas.

El fraseo de Minervino sirve mucho para la arenga y levantar el ánimo de sus compañeros de causa; como para el general que, con tono solemne y elevado, a punto de comenzar la batalla, se sopla un discurso para que la tropa se caliente.

Si de batallas se tratara, a pelo les vino a los maistros el apoyo de Pedro Santos Bartolo, comandante de la Coordinadora Regional de Autoridades Comunitarias y quien, acompañado por subordinados vestidos como boy scouts, ordenó que a partir del 10 de abril (aniversario luctuoso de Emiliano Zapata) “este movimiento, que hasta ahora ha sido magisterial y normalista”, pase “a otra etapa de lucha popular. Por lo tanto, tendrá otra denominación: será Movimiento Popular de Guerrero…”.

Una Asamblea Popular, anunció, se instalará ese día como órgano de dirección de la policía comunitaria y la comunidad normalista para definir el rumbo del movimiento.

Lo que se gesta en Guerrero, pues, es una versión de la corrosiva y redundante Asamblea Popular de los Pueblos de Oaxaca, aquella que se montó sobre las mañosas demandas de la disidente sección 22 del SNTE (su líder de entonces, Enrique Rueda, se vendió al gobierno de Ulises Ruiz), cuya mancuerna pudrió la economía y la vida de los oaxaqueños durante siete meses.

El resultado inmediato será la humillante afectación sistemática de los derechos (humanos para empezar) de la población ajena a “la causa”.

Para el gobierno de Ángel Aguirre será instalarse, un día sí y otro también, en la pesadilla ocasional que le venían haciendo padecer sus antiguos aliados electorales. Para los guerrerenses, una nueva aproximación al horror. 

Y por la canija y única razón de que le corresponde cumplir y hacer cumplir la Constitución y las leyes, el gobierno federal no tiene más que aplicar una de tres recetas: la solución correcta (como el desalojo en la autopista que los profes tenían bloqueada); la solución incorrecta (como la que en la misma carretera dejó como saldo la muerte de un par de normalistas de Ayotzinapa y un trabajador de gasolinera quemado vivo por los manifestantes), y la indeseable solución militar.

En cualquiera de las opciones, desde luego, primero debe agotar (lo hizo el chin... Espartaco) todas las vías de negociación, persuasión y disuasión… 

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