20 de Octubre de 2018

Opinión

Esperando a Kuy

Kuy fue un hombre de teatro que concibió su oficio como una trinchera para dar voz a quienes en los márgenes y desde los márgenes lucharon por un mundo nuevo y mejor.

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La madrugada del 25 de enero de 2014, el dramaturgo, actor, director y maestro de teatro y cine Juan Francisco Kuykendall Leal fallecía en la cama de un hospital del IMSS después de 421 días de luchar por su vida. Kuy, como le decimos sus familiares, amigos y compañeros de tablas y lucha, había sido herido el 1 de diciembre de 2012 por un agente de la Policía Federal que, velando por la seguridad de quienes se imponían en el poder tras el golpe mediático de Estado consumado ese mismo día con la toma de posesión de Enrique Peña Nieto como presidente de la República, disparara una lata de gas lacrimógeno cuyo impacto le fracturó el cráneo al también activista político.

El asesinato de Kuy, desde la represión orquestada tanto por Felipe Calderón Hinojosa y Enrique Peña Nieto como presidentes saliente y entrante cuanto por Marcelo Ebrard y su delfín en la jefatura de gobierno del Distrito Federal, Miguel Mancera, hasta la impunidad con que sus administraciones han manejado el caso en cuyo expediente puede sumarse la desaparición forzada de Teodulfo Torres Soriano, principal testigo de la ejecución extrajudicial de Kuy, es emblemático respecto al verdadero significado que representa el regreso del PRI a Los Pinos y su alianza con los supuestos partidos de oposición bajo el llamado “Pacto por México”, donde las derechas e izquierdas de la clase política en el poder han quedado desveladas en su talante corrupto y represivo.

Kuy fue un hombre de teatro que concibió su oficio como una trinchera para dar voz a quienes en los márgenes y desde los márgenes lucharon por un mundo nuevo y mejor, distinto a este en que sobrevivimos; consecuente con su manera de pensar y sentir, hizo de su actuación sobre la escena un reflejo de su actuación política y viceversa, de modo que distinguir dónde terminaba un actuar y dónde comenzaba el otro era simplemente imposible.

Con su asesinato, los poderes de facto y de jure que mal gobiernan este país dejaron muy en claro qué entienden por justicia y democracia.  

Así, pues, por mí, mientras el homicidio en contra de Juan Francisco Kuykendall y la desaparición de Teodulfo Torres Soriano sigan sin castigo a sus autores intelectuales y materiales, pueden ahorrarse la basura demagógica con que nos saturan.

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