21 de Noviembre de 2018

Opinión

Esperanza

Los tiempos en los que compartí clases de teatro con las niñas y los niños me acercaron a su manera de pensar.

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Algo de inasible hay en el arte, algo que siempre acoge un secreto que no termina de develarse. Siempre quedarán líneas del artista que no terminaron de interpretarse por el espectador. Algo así somos los seres humanos, nunca tenemos una fuente perfecta para arrojar todos nuestros secretos o nuestros miedos. Esto es más visible en la adolescencia. Los tiempos en los que compartí clases de teatro con las niñas y los niños me acercaron a su manera de pensar, a entender que ellos, aun con pocos años, pueden experimentar tragedias emocionales. Los niños son claros y directos con lo que sienten, lo manifiestan todo el tiempo en sus juegos o dibujos. El adolescente, en cambio, dice una cosa y piensa otra, muestra una rebeldía capaz de sacar de quicio a cualquiera. Sólo trabajé con ellos dos años. Renuncié y volví a dedicarme a los niños.

Ahora que mi sobrina llega a la adolescencia reconozco esos rasgos de rebeldía. Trato de entender mejor y es obvio que esa edad marca el cambio drástico del niño al adulto. Ella se siente bien con los cambios en su vida, pero le toca empezar a  responsabilizarse de sus cosas. Lo que antes le festejábamos ahora está fuera de lugar. Una retahíla de consejos hacen procesión por sus oídos, ella sólo coloca un gesto de hartazgo. Le doy un consejo y pienso: ¡Pobre! No hay edad más incomprendida que la adolescencia, quizá por eso tantos jóvenes caen en las drogas, se embarazan o abandonan los estudios. Quizá los adultos sólo vemos en ellos un recipiente a punto de estallar al que tenemos que llenar de palabrería  no siempre efectiva o afectiva.

Pienso en mi adolescencia y lo difícil que era mi la relación familiar, en que consejos maternales no pasaron de noche y han sido valiosos a lo largo de mi vida. Entiendo la necesidad de mi sobrina por descubrir y vivir esta etapa en que las hormonas hacen lo suyo. Espero que tenga un buen colador para las advertencias, que como un pescador adiestrado logre pescar las que le sirvan para vivir su vida de la mejor manera. La otra vez platicamos de una vecina de 13 años embarazada. ¿Faltaron consejos o cuidados? ¿Es la adolescencia una etapa en la que todo se aprende por el camino más difícil? No sé, espero aprender un poco con mi sobrina, por lo pronto  no la juzgo, estoy pendiente de ella; la lleno de amor y teatro. Siempre he creído que mientras más acerquemos a los jóvenes al arte, más los alejamos de los caminos de la autodestrucción.  El arte tiene sentido terapéutico y vital. Para mí será siempre, igual que el nombre de mi sobrina: Esperanza.

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