15 de Diciembre de 2017

Opinión

Estampa celeste

A lo largo de su corta vida, mi hijo de cuatro años me ha hecho varias buenas preguntas (“¿quién fue el primer hombre?”, es una de mis favoritas). Pero ninguna ha sido tan difícil como la que soltó el domingo a la hora de la cena. “Papá”, me dijo, “¿por qué le vas a Cruz Azul?”. Digo que es una pregunta complicada porque no es fácil explicar una afición proveedora de frustraciones. Mateo aún no entiende de campeonatos, finales y estrellas, pero tiene claro que la relación de su padre con su equipo favorito de futbol trae más sinsabores que alegrías.

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A lo largo de su corta vida, mi hijo de cuatro años me ha hecho varias buenas preguntas (“¿quién fue el primer hombre?”, es una de mis favoritas). Pero ninguna ha sido tan difícil como la que soltó el domingo a la hora de la cena. “Papá”, me dijo, “¿por qué le vas a Cruz Azul?”. Digo que es una pregunta complicada porque no es fácil explicar una afición proveedora de frustraciones. Mateo aún no entiende de campeonatos, finales y estrellas, pero tiene claro que la relación de su padre con su equipo favorito de futbol trae más sinsabores que alegrías.

¿Cómo explicarle a un niño la devoción que uno siente por algo que acarrea desilusiones?

Lo cierto es que le voy a Cruz Azul porque fue el primer equipo al que vi saltar a la cancha. Fue el sábado 17 de marzo de 1979. Cruz Azul salió inspirado aquella tarde. Venció por tres a cero al Atlético Español con goles de Jara Saguier, López Salgado y Ceballos. Miguel Marín estaba en el arco y un jovencísimo Wendy Mendizábal ya hacia de las suyas. Recuerdo bien la sensación de las gradas vibrando con el grito de gol. Me acuerdo del color de los uniformes y las calcetas altas con sus vivos rojos y azules. Pero sobre todo recuerdo estar sentado junto a mi padre.

Nunca le he preguntado por qué escogió ese partido como el primero de mi vida. Él, americanista hasta el tuétano, podría haberme llevado a gozar de Reinoso y compañía. Pero no: prefirió ese partido entre La Máquina de época y ese equipo bronco que eran los Toros del Atlético Español. Quizá mi padre quiso regalarle a su hijo un vistazo del que era, en aquel tiempo, el mejor futbol que se jugaba en México. Cruz Azul ya había sido tricampeón en los setenta y en ese mismo 1979 ganaría otro título. En cualquier caso, gracias a mi padre, me enamoré del equipo que vestía de azul celeste.

“Le voy a Cruz Azul porque tu abuelo me tomó de la mano un día y me llevó al estadio”, le respondí a mi hijo. Mateo asintió. “¿Y tú por qué le vas a Cruz Azul?”, le pregunté de vuelta. “Le voy a Cruz Azul porque tú me llevaste al estadio también”, me respondió, y fue a buscar sus fotos de pequeño. Y en efecto, ahí estamos, en el estadio Azul, padre e hijo, unidos por el futbol.

Termino de escribir esto antes de que se juegue el partido de ida de los cuartos de final. Cruz Azul no es favorito. El León es un gran equipo. No sé si nos regalará una alegría. Lo que sí sé es que me gustaría estar sentado ahí, en el viejo estadio de Insurgentes, con la playera celeste. Con Mateo a mi lado. Padre e hijo. 

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