18 de Diciembre de 2017

Opinión

EZLN 19 años después

Los indígenas viven y padecen igual. La demagogia ya no solo corre a cuenta de los llamados gobiernos de la Revolución.

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Quizá para los tiempos indígenas casi dos décadas no son nada. Sí para los ladinos, mestizos y criollos, incluyendo, desde luego, al subcomandante Marcos. 1994, el año trágico de México: un levantamiento que hizo recordar, contradictoria y de accidentadamente, el olvido y marginación extrema de los indígenas; el año del magnicidio de Luis Donaldo y de José Francisco Ruiz Massieu; periodo en el que se incubara la crisis financiera más grave que haya castigado al país. Todo hizo que ocurriera la derrota del PRI seis años después y el arribo de Vicente Fox al poder; no del PAN.

Mucho es lo que ha acontecido en el país, pero los indígenas viven y padecen igual. La demagogia ya no solo corre a cuenta de los llamados gobiernos de la Revolución, sino que incluyen a dos gobiernos locales no priistas y dos sexenios de gobierno federal de Acción Nacional. En breve, lo más relevante es que en poco tiempo se acredita que la falta hacia el mundo de los originarios es compartida por todos quienes han gobernado y también por quienes, sin estar formalmente en el poder, han decidido.

Las exigencias para la dignidad del sujeto colectivo indígena van más allá del EZLN y de su gesta. Pronto, el gobierno tuvo la sensibilidad para frenar la respuesta militar en enero de 94. Los efectos colaterales de la negociación en medio de la conmoción nacional e internacional golpearon duramente la campaña presidencial de Colosio. El Presidente perdió el tino que le caracterizó años antes. En medio de la incredulidad posterior, alentada por las deficientes investigaciones, Colosio perdería la vida en manos de un criminal detenido, sentenciado y que purga una condena. El régimen priista pasaría a condición de acusado. La integración comercial con los vecinos del norte, propuesta central del proyecto de modernidad, se haría a la par de un régimen que no acreditaba la justicia ni la paz social, tampoco elecciones justas. El PRI, con Zedillo, ganó la elección presidencial por el temor y el anhelo de recuperar un pasado hipotético perdido.

México continúa en pos de la modernidad; nada despreciable es lo que ha acontecido en materia política: libertades, poder competido y ciudadanos sancionando con su voto el abuso o mal ejercicio del poder. Pero, en lo sustantivo, ha habido regresión: México es más corrupto, al igual que exportador de pobres en búsqueda del horizonte que su propio país les regatea. Recientemente, la impunidad y la indolencia de sus autoridades han cobrado una elevada factura con la actividad criminal desbordada y una incontenible violencia.

México no se fue a la izquierda, aunque en dos ocasiones estuvo cerca; el fracaso de la derecha en el gobierno la ha trasladado al tercer sitio no solo en el nivel nacional, sino en muchos lugares donde gobernaba o donde era opción política natural. México ha perdido también en el ámbito internacional; Fox errático y Calderón herido por los efectos de su estrategia contra la violencia, con el aplauso del vecino, consumidor de drogas y exportador criminal de armas letales y de agentes supervisando lo que hacen corrompidas autoridades en acuerdos suscritos bajo la mesa. La soberanía y dignidad nacionales también fueron mancilladas como lo acreditan Rápido y furioso, Wikileaks o el incidente en Tres Marías.

Casi diecinueve años del levantamiento indígena y todavía no hay propuesta del régimen sobre qué hacer con sus pueblos originarios. En el mejor de los casos, la integración conlleva la desaparición de identidad y la pérdida de mucho de sus valores y cultura. Los del EZLN sí tienen claro qué hacer con ellos mismos, pero los de Chiapas no son todos, ni siquiera los más. Millones de naturales sobreviven en el silencio propio y, como siempre, la indiferencia de muchos y la explotación de otros. La tragedia continúa y para la modernidad no ha habido ocasión para entender en su complejidad lo que acontece.

Los políticos hablan de dialogar. Los del EZLN de resucitar acuerdos incumplidos. Otra vez el regreso de un ciclo que benefició a algunos, pero no a los indígenas, ni siquiera a los de Chiapas. Sí es necesaria una revaloración de lo que significa preservar la cultura y los derechos originarios de los pueblos indígenas; es preciso hacerlo sin imposiciones, en el marco de una modernidad que también tiene su potencial hacia la tolerancia, la libertad y la coexistencia de la diferencia. No hay peor condena que la indolencia sobre la trágica situación que padecen las etnias del país.

Queda claro que el levantamiento indígena, quizás sin pretenderlo, sirvió de impulso al país para mejorar y cambiar. Como quiera que se le vea hay una deuda por saldar. México será mucho más si en su devenir por alcanzar la modernidad concede espacio, tiempo y derechos a sus pueblos originarios.

Twitter: @berrueto

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