26 de Septiembre de 2018

Opinión

Federico vive

Lorca murió acusado de ser espía de los rusos y homosexual, cuando ya habían sido activados el resentimiento y la separación.

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El 18 de agosto de 1936, caía asesinado ¡en su Granada! Federico García Lorca. Al poco de su llegada el 14 de julio estalló la sublevación. Su muerte fue comprobación de que el golpe de estado no era el común que se escuda en la restauración del orden. No, era una cruzada, una guerra santa para acabar con los demonios, como lo declaró el Cardenal Isidro Gomá, “¿La guerra de España es una guerra civil? No; una lucha de los sin Dios... contra la verdadera España...”

Difícilmente cuando se invoca el derecho divino o la razón de estado decretando la separación de los hombres, se pueden contener las bajas pasiones, los demonios interiores, la pérdida de la humanidad que radica en el vínculo de la misericordia, como sentenció Schopenhauer: “La misericordia es ese hecho asombroso y lleno de misterios en virtud del cual vemos borrarse la línea fronteriza que a los ojos de la razón separa totalmente un ser de otro ser... es el principio real de toda justicia libre y de toda caridad verdadera”.  Tal vez por eso es tan difícil sanar las heridas en una España hasta hoy dividida entre la restauración de la memoria y la analgesia del olvido.

Lorca murió acusado de ser espía de los rusos y homosexual, cuando ya habían sido activados el resentimiento y la separación, tal como dice Juan Ramón Jiménez: “Lo querían matar / los iguales, / porqué era distinto”, para luego fundir la separación: “si te descubren los iguales, / huye a mí, / ven a mi ser, mi frente, mi corazón distinto”.
Cada año, bajo el lema de Federico Vive, la  Diputación de Granada conmemora la muerte del poeta, que ha querido extenderse a todas las víctimas de la guerra, lo que causa resquemores pero también atisbos de encuentro.

Dijo su presidente Sebastián Pérez, del derechista Partido Popular: “Seguiremos viniendo aquí para conmemorar su adiós forzado, su inútil ejecución para quienes pretendieron apagar su vida… Fue inútil insisto, porque… nadie muere tras la muerte porque siempre vive la memoria y el legado de lo que hemos sido”.

A pocos días de la muerte de Lorca, de la que no sabría hasta septiembre, Juan Ramón Jiménez parte para Nueva York y escribe al cruzar la frontera el Réquiem de vivos y muertos: “Cuando todos los siglos vuelven, / anocheciendo, a su belleza, / sube al ámbito universal / la unidad honda de la tierra. / Entonces nuestra vida alcanza / la alta razón de su existencia: / todos somos hijos iguales / en la tierra, madre completa.”

En España, aparta de mi este cáliz, César Vallejo augura esa reunión en la que podremos afirmar, al fin, que Federico vive: “muerto el combatiente, vino hacia él un hombre/ y le dijo: «No mueras, te amo tánto!» / Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.” Siguieron hablándole dos, veinte, cien, mil, quinientos mil, millones, “Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo… / Entonces, todos los hombres de la tierra / le rodearon; les vio el cadáver triste, emocionado; / incorporóse lentamente, / abrazó al primer hombre; echóse a andar…”.

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