11 de Diciembre de 2018

Opinión

Florence: nuestra Amanda Knox

El juicio de Knox y Sollecito estuvo marcado por una larga lista de supuestos abusos y errores de la policía encargada del caso.

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La liberación de Florence Cassez me ha recordado al caso de Amanda Knox en Italia. Estudiante estadunidense en Perugia, Knox fue acusada y sentenciada, junto con su novio, Raffaele Sollecito, y otro muchacho, por el asesinato de Meredith Kercher, una joven inglesa amiga de la pareja. Los detalles del caso, que incluían una especie de sórdido juego sexual entre los sospechosos y la víctima, lo volvieron una auténtica obsesión para los italianos. El juicio de Knox y Sollecito estuvo marcado por una larga lista de supuestos abusos y errores de la policía encargada del caso. Los medios de comunicación italianos también jugaron un papel lamentable, presentando a Knox, que tenía 20 años y ningún antecedente delictivo, como una suerte de depredadora ninfomaníaca. Casi desde el principio, Knox y su novio se dijeron víctimas de un montaje. Amanda, en particular, aseguró haber sido víctima de acoso durante el interrogatorio policial, presión que derivó, aseguraba, en una confesión impuesta. A pesar de sus quejas, fueron enviados a prisión, donde estuvieron cuatro años. Durante ese periodo, la defensa de Knox y Sollecito siguió insistiendo en la inocencia de ambos jóvenes. Como en el caso de Florence Cassez, el argumento principal de los abogados fue las omisiones, tropiezos y supuestas violaciones a los derechos de los acusados cometidos por las autoridades. Al final, Knox y Sollecito quedaron en libertad. Al caso hoy se le recuerda no tanto por la posible (y hasta probable) culpabilidad de los acusados, sino por la larga sombra de duda que se tendió sobre la justicia italiana. Los medios internacionales oscilaron entre la indignación y la burla, señalando a los fiscales italianos como ejemplos de la justicia más tercermundista. En Italia, la opinión pública se debatió entre la incredulidad y la vergüenza, una reacción muy parecida a la que he notado desde que la Suprema Corte mexicana anunciará su veredicto ayer. Ahora, cuando la decisión dé la vuelta al mundo y se conozcan los detalles del caso, nuestras instituciones serán objeto del mismo oprobio. Me temo que, desde afuera, México será visto de nuevo como un país donde la justicia tiene pies de barro, donde unas autoridades se ven obligadas a corregir (¿o no?) los excesos y errores de otras. Dentro del país, el caso Cassez no hará sino reforzar nuestro cinismo sobre el alcance del sistema de justicia nacional. En suma un caos perfecto, completito.

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