22 de Septiembre de 2018

Opinión

Francisco, hijo pródigo

La misión de Francisco parece más inclinada a mostrarle a América Latina cómo ha desaprovechado sus talentos.

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Para muchos fue premonitoria la lectura del Evangelio sobre el hijo pródigo que se leyó el domingo anterior al cónclave cardenalicio. Creyeron que la elección de un papa latinoamericano serviría para acoger a los fieles que se fueron a otras religiones, diezmando al catolicismo del 85 al 65% en las últimas dos décadas en la región.

Pese a esa urgencia, creo que contener el éxodo será consecuencia, pero no prioridad, del nuevo pontífice. La misión de Francisco parece más inclinada a mostrarle a América Latina cómo ha desaprovechado sus talentos, aquellos que abrazaba el canto soñador de Nino Bravo, que afirma que “cuando Dios hizo el edén, pensó en América”.

El énfasis de las primeras enseñanzas políticas de Francisco -evidentes en la reedición de su libro “Sanar la corrupción”- habla de combatir la corrupción para desactivar la pobreza, la desigualdad y la inseguridad, los peores vicios que carcomen a los países latinoamericanos.

Aunque su misión no es política, es evidente que su presencia y tarea pastoral influirán en cambios en la región, como ocurrió en Argentina, donde el gobierno manifestó predisposición al diálogo, algo inaudito antes de la primera audiencia de Cristina Kirchner en el Vaticano.

Francisco es un papa que la gente siente cercano por origen, actitudes y ejemplos. Que le dio nuevo valor a la humildad y a la austeridad, que considera que los peores pecados son la soberbia individual y la corrupción institucional, como describe en su biografía El Jesuita, y donde señala que lo único que dignifica a la persona es el trabajo, no las dádivas de los gobiernos.

La elección de Francisco no es tanto una revolución por su origen, como por ser parte de una región que pese a experimentar gobiernos de todas las ideologías, todavía no pudo abrazar sus talentos; donde la riqueza está en manos de pocos y la pobreza de muchos, incluso en países más democráticos y desarrollados como Chile y Costa Rica.

Si bien la región está mejor que antes, debido a la bonanza de las materias primas y a una mayor estabilidad política, todavía existen grandes bolsones de pobreza con 167 millones de personas. Esto, a pesar del optimismo del informe del Banco Mundial de 2012, que revela un aumento de un 50% en el número de personas que accedieron a la clase media en la última década, con casos de marcado éxito en Brasil, México y Colombia.

La inequidad también ha disminuido debido a una mayor tasa de empleo y acceso a la educación, como señala la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) en su informe de 2012; pero América Latina sigue siendo la peor región del mundo, con 10 los 15 países más desiguales, entre los que destacan Haití y Bolivia.

La inseguridad pública es también otro índice desesperanzador. Algunas zonas, en especial Centroamérica, tienen las tasas de homicidios más altas del mundo y, más grave aún, los mayores índices de impunidad. En muchos países existe un profundo déficit en los sistemas de justicia, los cuales son tironeados por los gobiernos para hacerlos más leales que eficientes. Esto, a su vez, deriva en la creación de sistemas de seguridad privados, de difícil acceso para los más carenciados, generando ciudadanos de primera y segunda categoría.

Lo peor de estos índices es que se potencian debido a la corrupción. El último informe de Transparencia Internacional indica que la corrupción está en aumento en la región, ayudando a generar un círculo vicioso donde se alimentan la violencia, el crimen organizado, la desigualdad y la pobreza, debilitando aún más las instituciones democráticas.

Como conocedor de las realidades latinoamericanas y con el mandato de limpiar la Iglesia para lo que ya acuñó una máxima, “Pecados, sí; corrupción, no”, el papa Francisco, sin dudas, podrá ser ejemplo y fuente de inspiración para combatir ese círculo vicioso.

Fue importante su mensaje a comienzos de Semana Santa, al convocar a todos a la acción, a cambiar el mundo, a no permitir que la corrupción se institucionalice y a no desfallecer en el intento: “No debemos creer al maligno que nos dice: No puedes hacer nada contra la violencia, contra la corrupción, la injusticia, contra los pecados. Jamás debemos acostumbrarnos al mal”.

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