25 de Septiembre de 2018

Opinión

Fuegos fatuos

En “Mishima o el placer de morir”, Juan Antonio Vallejo-Nágera saca a la luz

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En “Mishima o el placer de morir”, Juan Antonio Vallejo-Nágera saca a la luz una curiosidad sobre la educación cultural de Japón y el mundo, al dividirla en dos clases, la delectación discriminativa y la idea de un refinamiento de reflejos condicionados. 

Con la primera, se entiende a las personas que toman la cultura con mayor interés y profundidad, no exactamente eruditos, sino con un genuino deseo de, por ejemplo, conocer más allá de las tapas un libro, éste o no de moda. Con el segundo, el autor español engloba la necesidad social de parecer cultos, el comportamiento aparentemente selecto pero superficial, pasajero y con interés vívido por los detalles exteriores y de fácil de aplicación.

Vallejo-Nágera escribió su ensayo en 1978, mucho antes de la popularización de internet y las redes sociales, sin embargo, con su premisa de los reflejos condicionados describe casi a la perfección la suerte de la cultura entre la comunidad digital actual, pues si algo caracteriza a las generaciones que hemos vivido con la web a nuestro alcance, es la fascinación por la imagen y la pereza por ahondar en su significado, aún cuando lo tenemos a la mano. 

La compañía Ron Lalá (nada que ver con La-la-land), en enero pasado presentó ante el Rey Felipe VI un fragmento de “Cervantina: versiones y diversiones sobre textos de Cervantes”: en los últimos momentos de Don Miguel, su Musa se le aparece para revelar su futuro: será el más grande autor de la letras hispánicas, pero nadie conocerá su obra, aunque será texto obligado en las escuelas, y por ende, de poco interés para los jóvenes, que si Cervantes corre con suerte, a lo mucho le harán una visita a su página en la Wikipedia. 

Singular resumen teatral de un fenómeno descrito por Vallejo-Nágera en los 70, con total aplicación en el siglo XXI, donde gracias a la disposición de la información en todo momento y lugar, pocos se toman la tarea de ahondar, leer, observar, investigar, ya no la tarea, sino sus propios gustos, más allá de lo que le indique el buscador de Google o la ligas que se suben a Facebook. 

Poco a poco, la juventud se asemeja, en lo que a cultura se refiere, a los perros de Pavlov: reaccionar automáticamente a los estímulos culturales, sean o no reales. Tristemente, gracias a una herramienta tan útil como la web, nuestra percepción de la cultura no pasa de ser como la caza de un fuego fatuo: incandescente, hermoso, pero vacío, y si por fin la atrapamos, no tenemos la capacidad para apreciarla realmente, pues sólo nos causó interés su belleza exterior. 

Incluso en nuestros propios teléfonos inteligentes somos víctimas de la fatuidad. Estos equipos son necesarios para la vida actual, eso ni quien lo niegue, pero ¿por qué tenemos esa necesidad imperiosa por cambiarlos rápidamente? Ni bien le sacamos todo el partido posible, estamos ya ansiosos por actualizarlo, deslumbrados por la novedad. Las mismas aplicaciones no ayudan a modificar ese escenario, pues pareciera que en el mundo digital nada está perfeccionado, nada está hecho para durar: a cada rato hay actualización de “apps”, una versión mejorada hasta en lo imperceptible, y que en algunos casos, no permite usar el programa anterior si no se baja el nuevo, convirtiéndonos en esclavos o seres a quienes les dicen lo que deben hacer. 

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