20 de Septiembre de 2018

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El Trump que vimos caminar al podium del triunfo republicano el pasado miércoles en la madrugada era uno abatido, ensimismado; aplaudiendo desganado y como autómata a la nada...

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El Trump que vimos caminar al podium del triunfo republicano el pasado miércoles en la madrugada era uno abatido, ensimismado; aplaudiendo desganado y como autómata a la nada.

Sabrá Dios que pasaba por su mente en esos momentos, pero su lenguaje corporal no era el de un hombre triunfal y feliz en el cenit de su gloria; no era la imagen de un Cesar al que su esclavo tiene que recordarle a cada paso que es mortal. Su lenguaje corporal e imagen eran los de quien camina al patíbulo.

Ni un rictus de sonrisa acompasó su andar.

Y no era para menos. La noticia de su triunfo sólo fue festejada por una parte de la dividida y enfrentada sociedad norteamericana; el resto del mundo se debatía entre la sorpresa, la incredulidad y el temor. No hubo fanfarrias ni algarabía más allá de algunos escogidos circuitos republicanos. Un silencio medroso y expectante cubrió la noche, la elección y al mundo.

Las bolsas, a esa hora, le daban la bienvenida con desplomes que para Estados Unidos se llegaron a proyectar hasta en 600%, el mundillo financiero lo saludaba volando por los cielos las apreciaciones de monedas y futuros; los circuitos políticos y académicos, the world over, se ahogaban en perplejidad y pasmo.

En el caso mexicano, las mesas de análisis de los de siempre oscilaban entre el lugar común y la histeria. Los medios en el mundo entero anunciaban el triunfo en tono de esquela.

¡Vaya bienvenida para un triunfador!

Triunfador cuyo egocentrismo permite presumir que su diseño anímico es altamente intolerante a la desafección de su persona y capacidades.

Triunfador al que quizás hasta ese momento se le imponía el muro de una realidad, local y global, que hormará los ánimos, posibilidades y alcances de su gobierno y voluntarismo.

Vaya perspectiva: ganar para liderar desánimos, odios, miedos y desencuentros; todos cultivados por él a ciencia, conciencia y paciencia.

Trump, al menos así lo percibí esa madrugada, caminaba en un estado de shock, sólo equiparable al del mundo ante su triunfo.

Lo que siguen son tiempos de terrible incertidumbre.

Las elecciones dejan a una sociedad norteamericana dividida, conmocionada y enfrentada, quizás como nunca antes desde la guerra de secesión; una política abatida en el desencanto y el hartazgo; un mundo en pasmo y sin aliento; una época que llega a su fin sin que otra aún despunte.

La duda en casa es si el Presidente Electo tendrá la visión, la capacidad y la aptitud para gobernar una sociedad esquizada y presta a cobrar ofensas a diestra y siniestra.

La duda es si será el líder de la nación más poderosa que el mundo requiere ante la urgencia del diseño de un nuevo orden mundial.

La duda, preguntan los más, es si cumplirá todas sus amenazas, que no promesas de campaña. Yo me preguntó más bien si será capaz de tolerar y procesar la necia realidad de una casa incendiada y un mundo en derrumbe. Nada hay más peligroso que la falta de objetividad en un político (pregúntenos a nosotros).

The dream is over, diría Lennon. Lo que los votantes de Trump mostraron al mundo es que una minoría importante de blancos norteamericanos comparten injusticias y exclusión con las otras minorías que tanto odia el hoy Presidente Electo; que el American Dream terminó en pesadilla de horror; que el paradigma de su democracia parió su antítesis.

Finalmente concluyo con lo que siempre dijo mi señor padre: lo importante no es tanto cuando llegas como cuando sales. En otras palabras, cómo te despiden cuando te vas, cómo se van a acordar de ti, cómo te saludan cuando ya no tienes poder.

Trump ya ganó, ahora todo es responsabilidad para él y aprensión para el mundo.

Mundo en vilo que lo saluda en silencio, pesadumbre y desaliento. 

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