19 de Noviembre de 2018

Opinión

Ganaron los Reyes Magos a Santa Claus

La economía está muy golpeada y la persistencia del crimen atribuye a la incertidumbre y desconfianza sobre lo que pueden hacer los hombres de poder.

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50% le va a los Reyes Magos, 39% al personaje importado del norte; pero la batalla está perdida: el juguete tradicional pierde frente al derivado de la tecnología; signo de los nuevos tiempos. Finalmente así es el país ya entrado el nuevo siglo. Visto desde fuera, algo se ha ganado, pero también poco hay para presumir. Generacionalmente, ahora hay más razones de fracaso que de orgullo.

Quizás injusto y poco representativo, pero al contemplar los monumentos de conmemoración centenaria, los de ahora nos ponen en seria desventaja respecto a los de don Porfirio. En su simbolismo nada hay que se le compare al Ángel de la Independencia, tampoco al Palacio de Bellas Artes o a la pretensiosa obra inconclusa que ahora es el Monumento de la Revolución. Lo conocido de ahora, lo más digno, lo más trascendente es la monumental águila de Ciudad Victoria, obra magistral de Sebastián. Si por esta circunstancia se juzgara, estamos ante una generación mediocre, enana y sin perspectiva del pasado y futuro.

Mucho se deposita en la alternancia de la Presidencia, pero el fracaso de Vicente Fox a muchos lleva al escepticismo y reserva. Hace 12 años era fiesta y esperanza, ahora no es lo mismo y no obstante el exitoso inicio del nuevo gobierno y de los acuerdos de la pluralidad, la opinión de la población no se mueve al mismo paso. La economía doméstica está muy golpeada y la persistencia de la violencia y del crimen contribuyen a la incertidumbre y desconfianza sobre lo que pueden hacer los hombres de poder.

Por eso los mexicanos, además de tablets, smartphones y videojuegos piden a sus Reyes Magos paz y tranquilidad, saben que para ello se requiere que la economía realmente funcione, que genere empleo, oportunidades y ofrezca un sentido de mejor porvenir. De tiempo atrás los políticos presumen la estabilidad macroeconómica y con ello se conforman. También les da por compararse ventajosamente con otros países ricos ahora en dificultad, pero que han registrado significativas tasas de crecimiento en las últimas décadas. Obligado para una buena economía es reconocer los enormes rezagos que se padecen y la brutal inequidad en la distribución de la riqueza nacional.

Recomponer al estado de cosas significa lastimar a sus beneficiarios. Por ello se requiere de un Estado fuerte, que en la democracia solo lo da el apego a la ley y la legitimidad en el origen republicano del poder público. Mucho se puede hacer cuando además se tiene el respaldo de la pluralidad, como ha ocurrido en las semanas pasadas.

El cambio significa redefinir la relación de muchos perdedores y pocos ganadores y en ocasiones de todos perdedores. Al Estado le corresponde esta tarea. El mercado puede hacer mucho, pero nunca por sí mismo. Las libertades, la baja mayor de la modernidad mexicana, requieren de un Estado activo, promotor, gestor y decidido a hacer valer el interés general. Lo mismo ocurre con la soberanía nacional, cuyo punto de partida debe ser la fortaleza económica y la justicia social, pero estos valores se han remitido al cajón de la demagogia y, por lo mismo, difíciles de entender y enarbolar. La mediocridad también está en el lenguaje, en los conceptos, en la visión y en la perspectiva de lo que es México. Ante el peso de la realidad, las baladronadas del inmediato ayer son ridículas y vergonzosas, por ello el voto popular envió al tercer sitio a quien hizo hábito el abuso retórico y divisa el fracaso en el ejercicio del poder.

Por primera vez en mucho tiempo, quizás desde la expropiación petrolera o del reparto agrario del cardenismo, la política va delante de la sociedad. El impulso inicial debe continuar y la pluralidad debe entender la magnitud de la oportunidad histórica que ahora se le presenta. No hay tiempo para la recriminación por el pasado, tampoco para anticipar contiendas muy por delante, lo que el país requiere es hacer realidad las transformaciones institucionales que le trasladen a una mejor circunstancia.

Lo que se ha logrado es poco respecto a lo mucho por alcanzar. No hay espacio al conformismo ni a la complacencia. El país necesita una sacudida sin protagonismos ni disputas menores, el debate y la diferencia tienen su lugar, pero no deben ser pretexto ni razón para frenar la transformación en curso.

Quizás los Reyes Magos pierdan en el futuro; quizás el juguete convencional, pleno de historia y significado pase a la condición de objeto en extinción. Lo que no es permisible es continuar en la misma inercia. Un México de libertades y de democracia también debe ser de prosperidad, equidad y paz social. Hay mucho camino por andar. Nada hay que impida alcanzar lo anhelado que no sean los límites que a sí mismos se impongan esta generación de políticos.

Twitter: @berrueto

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