20 de Julio de 2018

Opinión

¿Guerra Santa?

Creo que el cuento más largo que ha existido ha sido la religión. Ha sido el cuento de nunca acabar...

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Creo que el cuento más largo que ha existido ha sido la religión. Ha sido el cuento de nunca acabar, el cuento peor leído y malinterpretado. 

Piénsenlo bien. Tal como dijo Eddie Griffin: “Las guerras religiosas suceden porque las dos fuerzas pelean sobre quién fue el mensajero, si fue Jesús o Mahoma. Déjenme decirles esto, no importa quién fue el mensajero, mi pregunta es, ¿entendieron el mensaje?”

Hace dos semanas estaba en un evento de escritores en el que también pude conocer al Dr. Ernesto Kahan, médico y poeta, Premio Nobel de la Paz de 1985, como delegado del IPPNW. Al segundo día tuvo que retirarse; nos anunció que el conflicto se había desatado en Israel, y que bombardeaban cerca de su casa. 

Lo peor de una guerra es que nadie en verdad gana. Y por tanto lo que vemos aquí es un aparentemente interminable desglose destructivo con ruta hacia la perdición.

Quienes lean las noticias, vean los videos y observen las imágenes que circulan sobre el conflicto podrán sentir quizá la misma indignación que otros tantos hemos llegado a sentir durante estos días. A los 13 días del conflicto ya se contaban 469 palestinos muertos, y 18 bajas militares entre los israelís. “Los malos son estos”, “los villanos son aquellos”, he escuchado que comentan algunos. Que si aquí, que si allá. Primero tres jóvenes israelíes fueron secuestrados y asesinados; indignación. Un joven palestino fue torturado y asesinado; furia. Palestina lanza cohetes a Israel; Israel tiene protección antiaérea, “Cúpula de Hierro”. Israel ha atacado unos 1,320 objetivos en Palestina. Y causa impotencia saber que lo que aquí sintamos ahí en nada repercuta.

Quizá sea ignorante en materia política, militar, y más aún en teología. Pero a mi parecer quien crea en Dios debería considerar no un pedazo de tierra como el mayor regalo divino, sino en su lugar, la vida como el mejor don; y una vez asumido esto, comprender que la vida no se defiende eliminando otras vidas. Quizá sea mi ignorancia la que no me permita comprender por qué un pedazo de tierra causa tantos estragos y tantos conflictos; ignoro el significado e importancia de una tierra prometida, más aún, pensaría que, considerando la existencia de un Dios, su tierra sería todo terreno del planeta, y su verdadero reino estaría en todo corazón. Pero seguramente estoy muy alejada de la realidad y de la verdad teológica, y me dejo llevar por tontos raciocinios y vagos pensamientos idealistas.

Me pregunto, ¿nos sirve de algo la indignación? Quizá. Sólo si ello da paso a la conciencia. Si la indignación sirve para reflexionar sobre nuestras sociedades, difundir las noticias, y actuar por nuestro entorno, entonces quizá haga algo más que estrujar nuestras entrañas y provocar gestos de estupefacción al mirar las fotografías de los muertos.

Porque si nos molesta que ahí vivan en una eterna guerra, se maten los unos a los otros, entonces también concienticémonos de nuestra situación. Tres de cada cuatro de los palestinos que han muerto (cuando se supone que los ataques son dirigidos sólo a fuerzas militares) eran civiles y más de uno de cada cinco, niños. ¿Cuántas personas inocentes han muerto en México por las balas del narcotráfico? ¿Y cuántos niños por el hambre? No hablo de la importancia de las causas, de las dimensiones de los conflictos. Tampoco se trata de cambiar el foco de nuestras preocupaciones. Pero si vamos a preocuparnos, indignarnos, informarnos y actuar, vamos a hacerlo bien. Se trata de que todo agravio contra la vida del ser humano sea un agravio contra la humanidad. Que toda injusticia sea objetada. Y que el miedo no nos haga callar lo de aquí, mientras que sí nos permita denunciar lo de allá. “No hay mal que por bien no venga”. Quizá debamos aprender a aprender de nuestros errores, desgracias y conflictos.

Quiero preguntarles lo mismo que me vengo preguntando desde hace tiempo: ¿Podría la sociedad progresar sin religión? Dejo la respuesta a su reflexión y juicio.

 

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