16 de Octubre de 2018

Opinión

Guillermo Fernández, poeta

Tuvo la muerte exactamente opuesta a la que pudiera esperarse.

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Hay seres que tienen la palabra como origen y como destino. No por analogía sino, literalmente, como su compañera cotidiana. Sólo se entienden en el hecho poético, sea cual sea la naturaleza más íntima de lo poético, y no tienen ningún otro asidero en su paso por un mundo que, ya lo dijo Platón, no es el real sino la copia más o menos amarga del otro al que vislumbran privilegiadamente en cada una de las líneas de sus versos. 

No todos los poetas pertenecen a tal género, pero Guillermo Fernández, sí. Al menos, así lo he entendido yo desde que sus traducciones del italiano me abrieron puertas y me descorrieron veladuras.

Si Lorca planteaba que la poesía no requería adeptos sino amantes, Guillermo Fernández le fue fiel hasta el extremo. Estuvo entregado siempre a la palabra. 

Además de un buen conocedor del “Oficio de poeta”, título que dio a uno de sus textos, en la línea del Oficio de vivir de un Cesare Pavese tan trabajado por él, fue un oficiante con todo el peso de religión pagana que sugiere este nombre. Como los monjes a las horas canónicas de sus diarios oficios religiosos en que unos responden coralmente a los otros su salmodia, Guillermo Fernández dialogaba consigo mismo y con un Alguien o un Algo más allá de las promociones más publicitarias que literarias que hacen ciertas flores de un día.

Poeta para muchos días, por la hondura de su voz, por su ritmo y sus cadencias, tuvo la muerte exactamente opuesta a la que pudiera esperarse. O tal vez la que corresponde a la vileza de nuestro aquí y ahora. Fue asesinado hace tres años y el crimen continúa impune. Pero la policía ha sellado su casa y es imposible recoger lo último de su producción.

Sólo lo conocí, primero, en el negro sobre blanco de sus imprescindibles traducciones y, después, tanto en publicaciones de revistas literarias como en la segunda edición de la Antología de Monsiváis, la de Promexa de 1985, porque Carlos no lo incluyó en la primera, la de Giménez Siles de 1966. En esa antología, se publicó uno de sus poemas más conocidos: Carta de Nonoalco, que viene en la edición especial de la Secretaría de Cultura del Gobierno de la Ciudad de México que presentamos Ernesto Lumbreras, Jorge Esquinca y quien esto escribe en la Filey.

Celebro haberlo conocido como lo más importante que hay para un poeta: como lector devoto.

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