13 de Diciembre de 2018

Opinión

Ha pasado mucho tiempo, mucho tiempo...

Han pasado 25 años desde el fraude que llevó a Carlos Salinas a la Presidencia y, sí, el fraude ha desaparecido de las casillas, pero ha mutado en compra de voluntades...

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Desde que tomamos las calles para impedir el más grande fraude electoral del México contemporáneo. No lo logramos.

Carlos Salinas de Gortari protestó la Presidencia de la república meses después, de cualquier manera.

Aunque no de una manera cualquiera pues, como nunca, la ceremonia estuvo marcada por los gritos y las protestas. Una rebelión parlamentaria en la que cada uno de los 237 diputados y, sí, cuatro senadores opositores, se alzaban, no por su capricho, ni siquiera por su decisión individual, sino como voz auténtica y representación plena de quienes, de ciudad en ciudad, de pueblo en pueblo, con el puño en alto y los corazones abiertos, hombro con hombro con Cuauhtémoc Cárdenas, Manuel Clouthier y Rosario Ibarra, reclamábamos el fin del régimen de partido de Estado.

Y ya lo habíamos logrado.

El 6 de julio de 1988, la sociedad, con partidos políticos al frente, había herido de muerte al viejo sistema político mexicano.

Lo que siguió -con sus grandes esfuerzos y fracasos, con triunfos y alegrías, con voluntad y decepciones, con 600 compañeros del PRD asesinados- fue la agonía del régimen, consumada con la plena derrota electoral del PRI en vísperas del nuevo milenio.

Este sábado se cumplirán 25 años de aquella elección.

A un cuarto de siglo de distancia, sin embargo, tenemos que admitir que el México que queríamos se parece poco al que en realidad construimos.

Expulsar el fraude electoral de las casillas no dio como resultado elecciones auténticas. Las viejas trapacerías del PRI en las urnas fueron relevadas por trampas de todos los partidos fuera de ellas, destacadamente por el uso ilegal de dinero como instrumento de compra de voluntades, ya con publicidad, ya con dádivas directas, ya con ofertas de enriquecimiento futuro.

Tenemos tres grandes partidos que acceden a los congresos, pero muchos ciudadanos no ven más a los parlamentarios como representantes.

Tenemos gobiernos de diferente signo, pero la pluralidad no se ha traducido en calidad de vida para 60 millones de mexicanos.

Tenemos un poder judicial más independiente, pero la impunidad sigue siendo la norma en nuestra sociedad.

Tenemos medios de comunicación más libres, pero esa libertad se usa más para ganar dinero que para debatir ideas.

En fin, tuvimos un gran logro político, pero cambiar el régimen fue sólo un primer paso, uno chiquito, en la tarea de lograr un mejor lugar para vivir.

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