14 de Diciembre de 2018

Opinión

Hanal Pixán es familia

Es común ver a las chichíes dictando las instrucciones para tener listos los anticipados mucbil pollos.

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Recién pasados los días de celebración de los difuntos, queda aún el aroma de los sabrosos pibes. El ceremonial del Hanal Pixán tiene implicaciones profundas que conllevan preparar la casa y darse a la tarea de celebrar la visita de las ánimas.

La elaboración de los altares de muertos con sus diferentes niveles ofrece, entre gran variedad de objetos, los sabores, platillos predilectos y bebidas de los que ya descansaron. 

De todos los significados especiales de esta celebración es de festejarse lo que a mi juicio hace que la Comida de Animas sea tan especial: la convivencia familiar. Posiblemente solo tenga parangón la Navidad en reunir a miembros de las familias a colaborar en la cantidad de menesteres desde el 31 de octubre hasta el dos de noviembre.

En la zona rural yucateca es común ver a las chichíes dictando las instrucciones para tener listos los anticipados mucbil pollos.  Los parientes, una vez instalados alrededor de  la mesa, acompañados de chocolate caliente, en fraterna convivencia, platican y reseñan anécdotas y recuerdos de los que los antecedieron en esta vida terrena. 

De ese modo, se refuerza el significado de clan y el agasajo sirve de festejo para pasarla juntos en solemne celebración, sin que por eso falten detalles curiosos o simpáticos de las andanzas de algún predecesor.

Esta tradición anuda el sentimiento de pertenencia y la hace inmune a otras tradiciones foráneas que también se presentan en Yucatán en estos días. El “jaloguin”, digan lo que digan, solo es motivo para echar desmadre, porque ningún joven o adulto le da la menor importancia como no sea el motivo para disfrazarse, tomar los tragos y vacilar el punto el 31 de octubre en la noche. 

Costumbre citadina, posiblemente única de Mérida por los grandes almacenes y supermercados que atienden la instrucción de su casa matriz para desplazar tal cantidad de desfiguros. 

Sin duda es loable defender nuestras costumbres y hacer extensión del importante simbolismo del Hanal Pixán, especialmente en escuelas y centros culturales. 

Sin embargo, en una población acostumbrada a disfrutar cada año el  carnaval tan concurrido que se avecina, en el que algunos ciudadanos se oculten una noche bajo una máscara de murciélago o calabaza y le den vuelo a la hilacha, quizá no sea tan extraño como pareciera. Vaya biem.

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