24 de Septiembre de 2018

Opinión

Héctor de Anda

El último viernes de enero se inauguró una exposición colectiva en el Macay que contiene una instalación de Héctor de Anda y con la cual corta realmente la respiración.

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Entre la catedral más antigua del Continente, la de San Ildefonso, en Mérida, y la hermosa casona que albergara el Ateneo Peninsular y es actualmente Museo de Arte Contemporáneo Ateneo de Yucatán (Macay), se encuentra el Pasaje de la Revolución.

Sólo cruzar desde la Plaza Grande hacia ese Pasaje intermedio entre estilos, épocas, concepciones estéticas y mundos es ya una experiencia en sí misma. Experiencia potenciada al encontrarse con una de las esculturas monumentales que se hallan en exposición, muy probablemente permanente, de una artista de la talla y la sensibilidad de Héctor de Anda. 

Aunque la idea monumental del artista me refiere personalmente a la Ciudad de México, sin embargo, su sentido crítico resulta mucho más amplio y señala con agudeza espacios urbanos que comienzan a sufrir los horrores de las megalópolis aun cuando su tamaño les permitiría revisarse, contenerse y, sobre todo, planearse con un sentido no solamente humano sino de elemental supervivencia. Leo todas las semanas en este diario los inteligentes señalamientos del ingeniero Sauri Duch e, inclusive, he sido víctima en más de una ocasión del deterioro en calles y abuso en decibeles.

Pero Héctor de Anda, aunque con su obra muestre un mundo que puede resultarnos (o ya nos resulta) invivible, es sobre todo un artista. El último viernes de enero se inauguró una exposición colectiva en el Macay que contiene una instalación de Héctor de Anda y con la cual corta realmente la respiración.

El exceso de uso de conceptos que resbalan a la hora de las definiciones como “performance” o “instalación” suele volver triviales palabras como las que he utilizado. Por ello subrayé con el adverbio: realmente corta la respiración ese paseo bajo los árboles en un jardín mortal que ubicó Héctor de Anda en el Macay.

Los árboles se abren en frondosas bolsas negras para basura mientras un video, al fondo y como destino final, espera a un espectador que se comprende en teatro de la crueldad.

Conozco la biografía de Héctor de Anda y he compartido con él, lustros ha, algún escenario de otra Plaza Grande como para estar cierto de cuanto de buen teatro subyace en su concepción estética y de la inteligencia de un análisis de texto que al volverse profético corta la respiración (repito) de un espectador convertido a fuerza en personaje.

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