23 de Septiembre de 2018

Opinión

Historias que nos salvan

Muchos lectores han encontrado un refugio y una tabla de salvación en los libros que han leído.

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No es una exageración decir que existen libros que han salvado vidas, pues en varios sentidos esto es posible y real. Muchos lectores han encontrado un refugio y una tabla de salvación en los libros que han leído y, por otro lado, otros los han escrito para salvarse, para darle un sentido a su existencia en los momentos difíciles o trágicos cuando se derrumba todo a su alrededor y sólo quedan los libros y las palabras.

Quién no recuerda a la valiente Scheherezade de “Las mil y una noches”, quien salva su vida, y la de otras doncellas, con sus cautivadoras narraciones que encantan al sultán Shahriar, quien termina por convertirla en su esposa. 

Otro gran ejemplo, pero real, es el de una escritora que decidió narrar historias  para hacer que el milagro ocurra, que su pequeña hija que estaba en coma despertara. Así surgió “Mujeres de ojos grandes”, treinta y cinco retratos femeninos que la autora fue narrando en el hospital con la esperanza de que éstas le infundieran las ganas de vivir a su pequeña Catalina.  Así fue como Ángeles Mastretta logró salvar la vida de su pequeña hija, pero estoy segura que sus historias y sus otros libros han ayudado también a muchas mujeres a identificarse, reconocerse y valorarse en los personajes de su obra y, cuando eso sucede, como con cualquier otro libro, también es una forma de salvación. 

Sí, el libro salva, alienta o por lo menos, acompaña, ya lo decía Carlos Fuentes que “el libro es amistad tangible, olfativa, táctil, visual, que nos abre las puertas de la casa al amor que nos hermana con el mundo” y, por lo tanto, nos consuela, nos da esperanza.

Sin embargo, a veces no es suficiente, la propia Virginia Woolf, quien intentó, pero no pudo, salvarse a través de la escritura y los libros,  alguna vez, antes de arrojarse al río Ouse,  le escribió a su mejor amiga: “A veces me imagino la vida en el cielo como una lectura continua e inagotable”; y más tarde en un relato lo ironizó diciendo que, cuando el Todopoderoso viese entrar en el cielo a los recién llegados con sus libros bajo el brazo, le diría al buen San Pedro: “Mira, ésos no necesitan recompensa alguna. Aquí no tenemos nada que darles. Amaban la lectura”.

Así que de alguna manera también Virginia Woolf encontró, en otras formas, la salvación, y nosotros, los lectores, seguimos buscándola, o por lo menos intentándolo,  cada vez que abrimos un libro.

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