15 de Octubre de 2018

Opinión

Homogéneo o divergente

La diversidad cultural, o “multiculturalidad”, para leerse progreses y burlarse del Preciso...

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La diversidad cultural, o “multiculturalidad”, para leerse progreses y burlarse del Preciso, forma parte de la sociedad. La cultura existe desde antes que la propia palabra se acuñara, y por tanto, somos un tanto o cuanto más culturales de lo que realmente creemos y queremos ser. 

Internet abrió puertas y ventanas no sólo a la difusión cultura, sino a la culturización autodidacta de la sociedad. De repente, el usuario encontró que 140 caracteres no son despejaban el camino a mundos nuevos, diversos, donde podíamos encontrar diferentes concepciones, ideas y costumbres, haciéndonos sentir parte de la mal llamada globalización o ciudadanos del mundo. 

Sin embargo, el tiempo, la rutina y nuestras propias sociedades, se encargan no tanto de cerrarnos las puertas y ventanas a la cultura, sino a cegarnos ante ellas. El fanatismo de lo “políticamente correcto”, hace mella en nuestra capacidad para maravillarnos con las obras de la humanidad, transformando a la alegre corte de “twitteros” y “facebookeros”, en censores de las diferencias al estatus, ya sea natural o impuesto por la moda. 

Es sencillo notar el cambio. Basta ver a los niños, embelesados con las maravillas de las redes sociales, descubriendo que todo tiene una explicación diferente en otro lado del mundo, siendo además capaces de absorber los conceptos bajo la lógica más simple: me sirve o no. Pero mientras más se adentran en nuestra extrañamente cerrada sociedad cancunenses, pierden la chispa y la capacidad de maravillarse, y en lugar de juzgar bajo la óptica de sus pensamientos, adoptan nuestros prejuicios y los trasladan a las redes, cerrando para siempre su puerta hacia la diversidad cultural. 

Sea contra el “ismo” que sea –aunque en Cancún es el “valemadrismo” el que impera-, las redes sociales no son, como algunos expertos consideran ya, un mal que acabará con la cultura o nuestra capacidad para aprender de otras. El problema tampoco son los usuarios, pues al zambullirse en al espacio digital, hasta el más cerrado tiene, a fuerza, que leer o toparse con algo que trasgrede su visión. No, el asunto está en el conjunto comunal que a bien o mal llamamos “sociedad”, esa que calla o grita según la moda; es incapaz de profundizar sobre sí misma, pero sí de secuestrar los medios para escapar de ella misma. 

Somos homogéneos por decisión impuesta. Nuestra individualidad se sacrifica por el “bien” común, en aras de crear sociedades de digerir, no por el gobierno, sino por nosotros mismos. Y son las redes sociales, paradójicamente, el mejor método para imponernos la voluntad colectiva, siempre y cuando seamos inconscientes de ello. 

Como usuarios asiduos, o por lo menos, de los que tenemos un ojo puesto en ellas, debemos evitar que esta ventana al mundo se cierre o que nuestros ojos pierdan la capacidad de observarlo. Nuestra vida, aquello que nos hace individuos, sólo podrá prosperar si interactúa con otros, no buscando que los demás piensen como nosotros, sino en enriquecernos y crear nuestras ideas. 

Ese individualismo que privaba en los primeros tiempos de las redes sociales, es la salvación de la comunidad que hemos formado por más de una década, ya la respuesta perfecta para quienes creen que estos medios digitales tienen los días contados o que son victimarios de la multiculturalidad. 

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