22 de Septiembre de 2018

Opinión

Las horas inhóspitas

Los golpes de la vida tienen la extraña habilidad de encontrarnos desprevenidos; cuando todo parece transcurrir a través de una fresca brisa de primavera...

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Los seres humanos, tú, yo, nosotros, vivimos siempre en la cuerda floja, al filo de la navaja; la seguridad que muchas veces creemos haber encontrado en nuestra vida diaria es sólo el bálsamo tranquilizador que aplicamos a cada uno de nuestros días, con la esperanza de que esa cura se haga realidad y sea un dique permanente contra las vicisitudes de nuestra existencia; a pesar de que de cuando en cuando un golpazo del todo inesperado nos vuelva a la realidad y nos confirme que nuestra vida es una hoy y puede muy bien ser algo totalmente diferente el día de mañana.

Vamos avanzando por nuestros días, meses y años envueltos en la inhóspita bruma de la inseguridad, y es por la niebla impenetrable de lo inesperado que en no pocas ocasiones acabamos chocando con el muro de una realidad por todos inesperada: momentos de dolor, angustia o desasosiego se cuelan por algunas de nuestra horas, en ocasiones con una persistencia mayor de la que cada uno de nosotros deseara o creyera poder tolerar.

Los golpes de la vida tienen la extraña habilidad de encontrarnos desprevenidos; cuando todo parece transcurrir a través de una fresca brisa de primavera, la vida se nos presenta como imponente huracán caribeño; el golpe brutal lo es aún más por lo inesperado, nadie puede minimizar algún dolor o pérdida, pero definitivamente, cuando se presentan en nuestra vida de un día para otro, parecen ser aún más grandes y dolorosos de lo que son, siendo ciertamente más difíciles de superar que aquellos que ya llevamos algún tiempo viéndolos acercarse.

No hay nada que pueda preparar al corazón humano para una pérdida inesperada, para una realidad dolorosa que hasta hacía unas horas pareciera no ser propia de nuestra vida; no hay una sola persona que no se cimbre ante la muerte de un ser querido en un accidente automovilístico; la sensación de haber hablado con esa persona hacía apenas unas horas, haberle visto sonreír y asegurar con desenfado que ese fin de semana lo pasaría en la playa, se ve sádicamente decapitada por el horror de una vida cortada en un solo instante.

En medio de sufrimientos, recibimos la noticia de que aquello que considerábamos un mal menor es un cáncer que ha venido a destrozar la vida de uno de nuestros hijos; casi sin comprender esta realidad, pasmados ante la sorpresa, muchas veces optamos por ni siquiera reconocer como real lo que la vida presenta ante nuestros ojos; nuestra mirada, mente y corazón se declaran en rebeldía ante el tener que aceptar tal situación en nuestras vidas, el dolor corroe nuestras almas, mientras confundidos, desorientados e incrédulos tratamos de encontrar una explicación a lo inexplicable.

Ya sea ante la pérdida de un cónyuge, el abandono inesperado de los hijos, la sorpresa de un incendio que ha devorado nuestro hogar, la traición de un amigo, el cese fulminante de un trabajo, la fría realidad de un ataque cardiaco que corta una joven vida, finalmente en cualquiera de estos y otros muchos casos los seres humanos reaccionamos con incredulidad y dolor, porque tendemos a creer que el solo hecho de ser buenas personas, el comportarnos con todos humanamente, será garantía suficiente de que la vida nos premiará con el mismo trato, cuando la realidad puede llegar a ser diametralmente distinta, sorprendentemente ingrata y desgarradora. No existe una reciprocidad de la vida hacia nuestros actos, innumerables seres humanos han dado siempre lo mejor de sí para recibir a cambio reproches, descalificaciones, accidentes, dolor y muerte.

Son estos grandes dolores de la vida los que vienen a templar el alma, a fraguar entre las llamas del dolor el espíritu humano; es ante ellos que el ser humano se gradúa como tal, nadie puede sentirse plenamente humano mientras no haya tenido que superar el látigo inclemente del destino inesperado.

Porque es en estas horas de dolor y angustia donde lo mejor de cada uno de nosotros sale a relucir, donde la fortaleza de nuestro amor, creencias y valores se ponen a prueba y nos permiten bautizar en el sufrimiento de lo inesperado al ser humano auténtico, generoso y confiado en Dios que cada una de nuestras horas encierra.

Que sean los golpes de la vida y todas esas horas inhóspitas compañeras inevitables de nuestra existencia el horno en el que fragüe la fortaleza de nuestro amor, la esperanza que acompañe nuestros años y la inquebrantable confianza en la mano del Padre Eterno.

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