Horas preñadas de espera inútil

-Le dejaré el amor a los italianos, la sensualidad a los franceses y me iré a recluir a alguna vitrina en Amsterdam -.

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Y pasaron las horas, mientras el viento y el silencio me atravesaban, llevándose partes de mí, con los días apilados entre meses, uno a uno, hasta que ya no quedó espacio ni en mi cuerpo ni en mis ojos, ni en la almohada ni en lo frío del café  por la mañana.

Me miró, perverso y pensativo, le miré, perversa y rendida. Las ganas que me quedaban huían de él, mi cuerpo era, por sí solo, una situación aparte.

-Le dejaré el amor a los italianos, la sensualidad a los franceses y me iré a recluir a alguna vitrina en Amsterdam -amenacé, decidida, con la esperanza de que levantara la vista una vez más.

El silencio prepotente acentuó lo absurdo de mi declaración y me deslavó hasta reducirme a ingenuidad y soberbia, a pasión y descaro, y a saber qué más.
Me quedé un segundo con el destino enredado entre las piernas, tropezando con los minutos que desesperaban en su espera, sudando la angustia y la ansiedad de quererle, de tenerle y perderle sin remedio, a todas horas.

-Me iré a recluir en alguna vitrina -dije, encontrándole a mitad de su mirada, a mitad del pleno y austero recorrido de sus pensamientos sobre mi cuerpo y no hubo más verdad que la oculta en el te quiero que no, que no pronunció.

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