12 de Diciembre de 2017

Opinión

Horizonte del sueño cancunense

Vierte el tumulto, la marea cadenciosa de este mar tan azul como su cielo. Aquí donde los dioses recogieron caracolas escarchadas de arena...

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Dedico este pensamiento poético, a la familia Brown- Solá, un par que con mucha dificultad lo mataría una tercia.  Artesanos sublimes de la amistad y el amor. Seres nobles, constructores de estrellas. 

Vierte el tumulto, la marea cadenciosa de este mar tan azul como su cielo. Aquí donde los dioses recogieron caracolas escarchadas de arena. Donde los caminos sembrados por palmeras estrecharon sus pencas saludando la inquietud del viento, dejándose borracear, al aire, por gaviotas y pelicanos, mojando la orilla en un retorno infinito, incesante y salvaje del espíritu marítimo del alba. 

No podría llamarte de otra forma. “Nido de víboras” que reptan buscando el amparo de la luna, que aún persiguen los pasos de aquella raza que pensó en grande: la raza maya. Víboras que pacientes esperan el retorno descendiente de la grandeza de su Dios Kukulcán (serpiente emplumada). Aquella que prometió el retorno y la víspera señala, desde el fuego inframundo, desde el país de los muertos, desde el gran capitán del universo. O de los cenotes sagrados, donde vuelvan las doncellas a poblar estos montes, que hoy tienen otros dueños. Hijos globalizadores del infortunio. Propietarios del mundo ambicionado. Carentes de escrúpulos. Egoístas del humanismo a ultranza. Adoradores del frio monetarismo mercantil. Contaminadores de la madre natura.

Cancún, Cancún, Cancún, son los ritmos que marcan los sonidos del  tambor aborigen. Son los pasos gigantes que quedaron en el eco de este hermoso Caribe Mexicano. Es la brisa de la mar comprometida, con los arpegios colosales de moluscos y sirenas. Y es el llanto pirata, que busca, extraviada, su carabela. 

Cancún. Cancún, Cancún, es el grito despiadado de aquellos que fueron despojados de sus tierras. Es el lugar silencioso de los flamingos que se resisten a su exterminio. Es gota a gota, exprimir el sudor marinero, de la explotación salarial, de los hombres del mar en su silencio. 

Cancún, Cancún, Cancún, es la tierra prometida para los forasteros. Son las caras contrastantes de carencia y opulencia. Es rosa gloriosa y espina dolorosa. Es el lugar preferido de la muerte. Y la contradictoria alegría de la vida. Y es el revolotear de mariposas, que hace de sus colores, arco iris.

Mientras la tarde, muere, escrupulosa, en el cenit alejado del bullicio. El jaguar milenario, retorna a la cueva del silencio, esperando el retorno de sus dioses, recorriendo la senda del sol bruñido y serio. Un día más, este maravilloso lugar juega con las esperanzas de miles de seres que apuestan en la lotería laboral de sus esfuerzos. Esta perla caribeña que traza media docena de letras, hace con su nombre el cobijo donde habitan los reptiles que esperan el regreso de sus dioses, o la miel sabinal llueva del cielo, por ello, Cancún es la maravillosa entrada al universo y el horizonte del sueño de la raza aborigen. 

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