23 de Febrero de 2018

Opinión

La ilusión vaciladora

Las sociedades que han sabido sobreponerse a las situaciones más complicadas, antes que ilusiones lo que necesitan es tener confianza en sus propias capacidades.

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Aunque no falten elementos en la vida cotidiana que nos inclinen a pensar que la situación por la que atravesamos es difícil, si no caótica, y que difícilmente podremos encontrar soluciones a corto o mediano plazo para superarlas, me parece que nada justifica la actitud, que puede prevalecer en la redes electrónicas, de abandonar nuestra capacidad analítica en busca de la causas que originan nuestros problemas a favor de una visión simplista que pretenda encontrar en una sola causa, o, peor aún, en una sola persona, el origen de todos nuestros males, personales y colectivos.

Y aunque la economía cerrada del pasado y la omnipresencia del gobierno en las actividades productivas de ayer pudieran haber justificado en alguna medida esta visión; a pesar del implacable presidencialismo que padecimos, ahora afortunadamente acotado, no resulta del todo cierto que el gobierno, o su encarnación: el presidente de la República, sea culpable de cuanto acontece.

Lo peor es que resulta falsa la conclusión que sigue vendiendo AMLO, a imagen y semejanza de Fox, de que todo se solucionaría con la renuncia o defenestración presidencial o con quitarle el poder al PRI.

La concepción mesiánica del poder ha demostrado en la historia sus distorsiones y debilidades y ha sido en los hechos derrotada; sin embargo, puede constituir en el imaginario público una tentación que es preciso derrotar día a día, a partir de la exposición de los elementos que identifiquen las causas que originan el estancamiento de la sociedad y la manera como se pueden solucionar, mediante la cada vez mayor participación de la gente.

Sobre todo en la etapa de la globalización de hoy día, donde la solución de los problemas es un tanto más complicada que antaño, cuando aún era posible aplicar recetas simples, como quedó demostrado recientemente en Grecia, donde, a pesar de una avasalladora votación en contra, quienes gobiernan tuvieron que aceptar las condiciones impuestas por el Euro. 

Por ello resulta un tanto ingenuo, para usar palabras tersas,  llegar a pensar que con la renuncia de Peña, por ejemplo, se solucionaría el problema de los bajos precios del petróleo. O que con el ascenso del líder carismático que está usted pensando mejoraría la paridad del peso en relación con el dólar, y se acabarían el desempleo, la inseguridad y la corrupción.

Porque, desafortunadamente, la solución de tales problemas no depende de la decisión, el coraje o la voluntad de una sola persona, por más ofrecimientos que haga, sino de la participación de la sociedad toda.

Porque, así lo hemos visto en el pasado, las sociedades que han sabido sobreponerse a las situaciones más complicadas, antes que ilusiones lo que necesitan es tener confianza en sus propias capacidades y, más que entregarse ciegamente a los designios de un líder, han decidido tomar las riendas de su propio destino.

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