17 de Octubre de 2018

Opinión

Inmigrantes y nativos digitales

Las herramientas digitales, que convierten a los nacidos después de los ochentas en 'nativos digitales' y a los mayores de 35 en 'inmigrantes digitales'.

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Grata reaparición de Roberto Ruz en MILENIO NOVEDADES con una nueva columna, Súper Digitales, que enriquece la convocatoria plural que es El poder de la pluma. Roberto, fundador de la exitosa campaña Eres lo que publicas, que promueve el buen uso de las redes sociales y que le valió en 2013 el premio “World Summit Youth Award” auspiciado por la Unesco, emprende ahora una nueva aventura para aprovechar el potencial de las tecnologías digitales en la nueva sociedad del conocimiento, revolución equiparable a las invenciones de la escritura y la imprenta.

Ante el deseo semiconsciente de ser superiores o superhéroes mutantes, Roberto se pregunta por qué no apreciar lo que ya nos hace superiores: las herramientas digitales, que convierten a los nacidos después de los ochentas en “nativos digitales” y a los mayores de 35 en “inmigrantes digitales”, denominación un poco xenofóbica que los ya “mayorcitos” aceptamos con resignación y simpatía, a cambio de participar en esa “especie de adaptación evolutiva” que implica su uso. 

En su proyecto, comparte con científicos y educadores de todo el mundo la preocupación por el impacto de las nuevas tecnologías en la adquisición del conocimiento, no sólo porque cambia los hábitos de lectura y comprensión con riesgo de mayor superficialidad, sino porque remodela la respuesta neurológica y cognitiva. 

En su hermoso libro Como aprendemos a leer, historia y ciencia del cerebro y la lectura, Maryanne Wolf explica cómo el cerebro, para leer, utiliza los primitivos circuitos especializados en el reconocimiento visual y sus conexiones con los procesos cognitivos y del habla; y recuerda que la adquisición de la lectura, sobre todo a partir del desarrollo en la Grecia antigua del primer alfabeto estandarizado, generó cambios no sólo en el espacio social, sino en la memoria y el cerebro humano mismo. 

Sócrates se opuso a la difusión de la escritura por temor a que debilitara el espíritu de los griegos, quienes hasta entonces participaban de una sólida cultura oral en la que estaban obligados a practicar la memoria y la oratoria para mejorar la comprensión y adquirir la virtud de la razón. 

La autora se pregunta –y muchos con ella- si los cambios en la cultura digital, que implican una respuesta cerebral adaptativa tal vez más exigente que la que implicó la adquisición de la escritura, podrán superar las objeciones de Sócrates: la rigidez de la lengua escrita, que congela el pensamiento; la pérdida de la memoria viva, escribir no para recordar, sino para no recordar; y la falta de apropiación del conocimiento, la apariencia de verdad que paraliza su búsqueda. Estos riesgos se repiten amplificados ante el avasallamiento de las nuevas tecnologías por las cuales es más fácil caer en “una falsa presunción de sabiduría”.

Por de pronto, una nueva academia de “peripatéticos” y “neoaristotélicos” camina por los patios digitales para orientar a los nativos y a los inmigrantes. Yo ya me inscribí.

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