24 de Septiembre de 2018

Opinión

Insurgencia de perredistas

Asonada insurgencia de la tribus de la aldea perredista contra su líder local, Julio César Lara Martínez, quien ha decidido no asumir su cuota de responsabilidad ante el resultado del desastre electoral...

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Asonada insurgencia de la tribus de la aldea perredista contra su líder local, Julio César Lara Martínez, quien ha decidido no asumir su cuota de responsabilidad ante el resultado del desastre electoral, lo que ha puesto en jaque al otrora salve César y a los alfiles y ujieres de su cercanía –mucho más de lo que se pensaba–, presumiblemente culpables de la fatal derrota en el domingo 7.

Y es parte de una unidad infalible de acusaciones y, sin filtraciones, contra el selecto grupo perredista que, al momento de las decisiones en el proceso de Quintana Roo, se tuvo la oportunidad de postular la retahíla de aspirantes propios en esta entidad que por el contrario, como en la arena del coliseo romano, les soltaron los leones a sus propios correligionarios.

Ni, el todavía dícese líder estatal del PRD, Julio César, ni el otrora líder moral, Julián, juntos, pueden lograr con el poder que aún tienen para apaciguar los caldeados ánimos de los perredistas insurgentes que los traen con inquina desde cuando pudieron bajo su poder imponer candidatos a modo y dejar a otros a un lado, sin pensar que afectaron la unidad democrática al presentarse así ante el electorado con un partido dividido y sumido en intereses personalistas.

Como el caso de los tildes más visibles de la bandería aurinegra, hay otros lunares enquistados en el perredismo: Antonio Meckler Aguilera y María Eugenia Córdoba Soler, más otros que pudieren haberse permitido entrar al desparpajo para enmohecer al PRD.

Lo único que sostenía la incapacidad y la ineficiencia de este partido era el carisma del liderazgo de AMLO. Hoy los líderes actuales del PRD, estatal y moral, sólo pueden recurrir al miedo, gritarles a cielo abierto a los propios que han llegado a refutar sus actuares, o como sucedió en la aldea sureña, a golpear y sacar de la contienda a quienes adversaron con valentía.

La falta de liderazgo es otro gran obstáculo para abarcar todos los espacios, tan importante, para conglomerar las regiones norte, centro, las islas y sur del estado sin resquebrajamientos, aún ni siquiera se ha vislumbrado un liderazgo para apaciguar las hostilidades, para alejarse de los anhelos partidistas con concomitantes extraños, como esta vez fue con el líder de la panadería local, Eduardo Martínez Arcila, que hasta un chiste se ha vuelto, el pensar que son jugadores de ligas mayores.

Y no solo carecen de liderazgo, sino que además están completamente divididos. La unidad es clave en cualquier batalla, los perredistas no la tienen y eso les ha imposibilitado a ver tan siquiera de cerca la victoria.

El PAN va por el camino de la insurgencia

Por la insistencia de ir en la alianza con el PRD, se ensució al PAN que, con lo que parecía ir juntos, el vandalismo y la rijosidad perredista arrastró a la derrota al partido albiazul, con la vergüenza y la pérdida del honor, aducen correligionarios del agriado PAN.

Y no son pocas las voces de panistas discordantes, además de Mario Rivero y Martín Angulo, señalan que la derrota del PAN, los fracasos que sufrieron, son culpa de su líder, Eduardo Martínez Arcila, por seguir la huella del aceite quemado que representó el PRD en la fallida alianza bicolor.

Los aliados de oposición revirtieron la premisa de triunfo al deponer la política y pactar con la bandería perredista, y el PAN contender junto a él, con la ambición desmedida para armar una poderosa urdimbre en conciliábulo opositor que habría de consagrarse en la gloria al derrotar a la poderosa máquina tricolor.

Los golpes al PAN en el estado han sido ejecutados por militantes, porque al amanecer del fin del proceso comenzó el desengaño, la sangre azul corre y la persecución es desatada. A partir de la asonada insurgencia de panistas, los militantes dirigen los destinos de la actual dirigencia hacia el final de lo que se hacía a su antojo y, a cambio, recuperar la dignidad y honorabilidad.

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