14 de Noviembre de 2018

Opinión

'La invasora, confidente, siamesa'

Una presencia se nos revela poco a poco, permitiendo ver sus diferentes matices.

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¿Posesión de un ente?, ¿hermana siamesa en el interior del cuerpo?, ¿enfermedad que aguarda en lo profundo de los huesos?, ¿amiga imaginaria?, ¿esquizofrenia?, ¿sombra? Son mis especulaciones sobre quién es el huésped de Ana, la protagonista de la primera novela de Guadalupe Nettel. En El huésped (2006) el principio es atrapante y las pausas hechas entre las lecturas son inevitablemente cortas, pues uno quiere saber qué es lo que habita dentro de Ana. Una presencia que se nos revela poco a poco, permitiendo ver sus diferentes matices. La invasora, confidente, gemela, locura:

'Estaba segura de que algún día La Cosa iba a manifestarse, a dar signos de vida (…) Sabía que su respiración era semejante a un pulpo, cuyos tentáculos pegajosos desplegaba por la noche a lo largo del cuarto; sabía que nada le resultaba tan hiriente como la luz y que, si alguna vez llegaba a dominarme, me condenaría a la oscuridad más absoluta; sabía en pocas palabras que era mi peor enemiga'.

A estas suposiciones en torno al huésped continuaron las preguntas: ¿estoy leyendo terror?, ¿suspenso?, ¿fantástica? La lectura suscita muchas preguntas y también deja ver las genealogías de esta escritora mexicana. El mismo título de la novela remite a 'El huésped' de Amparo Dávila, en ese cuento la presencia habita y se esconde en una casa, mientras que la de Nettel está en el cuerpo de Ana ¿o en la mente? Pero este desdoblamiento no es sólo corporal, también existe en las profundidades de la ciudad, en el subterráneo de la Ciudad de México:

'El metro comenzó a ser el escenario de muchas de mis tardes. Al salir del instituto estacionaba el coche en una calle vecina al caserón porfiriano y caminaba hasta Sevilla o Chilpancingo. El subterráneo era un buen lugar, me permitía fingir que me estaba desplazando, que no era una desocupada. A veces transitaba de línea en línea con la ansiedad de quien vive sus últimas horas'.

En los sótanos del DF, en las líneas del metro, están los mendigos, la comunidad underground a la que accede Ana a través del Cacho, un hombre que se mueve con una muleta por faltarle una pierna, ese Virgilio que la hace descender a los bajos mundos de la Ciudad de México, una realidad escindida de la que está en la superficie. Que recuerda a otro cuento, 'La fiesta brava' de José Emilio Pacheco. Ahí en la infra-realidad duermen y están esos huéspedes incómodos para quienes viven arriba.

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