15 de Diciembre de 2018

Opinión

José Emilio Pacheco, 1939-2014

José Emilio visitó muchas veces Yucatán. Apenas en marzo del año pasado recibió un homenaje en el marco de la Feria Internacional de la Lectura de Yucatán.

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A pocos días de la muerte de su gran amigo Juan Gelman, José Emilio Pacheco partió, también como su amigo, casi sin avisar. 

Al dar la noticia, su hija Laura Emilia comentó que “se fue muy tranquilo, se fue en paz, murió en la raya como él hubiera querido, el viernes terminó de escribir su Inventario, que hizo para un amigo querido que era Juan Gelman”. Lo hizo como dice Sabines: “Morir es retirarse, hacerse a un lado, / ocultarse un momento, estarse quieto, / pasar el aire de una orilla a nado / y estar en todas partes en secreto… / Apagarse es morir, lento y aprisa / tomar la eternidad como a destajo / y repartir el alma en la ceniza.”

Nuevamente, Milenio realizó una cobertura inmediata ofreciendo una imagen instantánea del gran escritor, con viñetas que lo retratan –y relatan- de cuerpo entero.

José Emilio visitó muchas veces Yucatán. Apenas en marzo del año pasado recibió un homenaje en el marco de la Feria Internacional de la Lectura de Yucatán, organizado por la Universidad Autónoma a de Yucatán. La lista de los reconocimientos y premios que recibió es enorme, lo que nunca afectó su autenticidad como ser humano y su sencillez. 

A Mérida lo unían lazos antiguos, pues una anécdota inverificable dice que sus padres se conocieron aquí, cuando huían de la guerra cristera. Aquí tenía amigos entrañables, entre quienes recuerdo especialmente a nuestro pintor Gabriel Ramírez Aznar, en cuya tertulia barroca escuché de su boca repetidas referencias al poeta, que me alentaron a leerlo más. También nos visitó en la época en que hacíamos nuestros pininos literarios en el Taller Platero.

Su anfitrión fue siempre el poeta Francisco López Cervantes, quien junto con su pluma maravillosa pero desgraciadamente parca, soportaba la carga de ser hijo de nuestro poeta grande, Clemente López Trujillo.

No sobra repetir la influencia que José Emilio Pacheco ejerció sobre generaciones de escritores, pero más su presencia personal en el trayecto vital de muchos. Recuerdo que cuando leí, apenas publicada, Las batallas en el desierto, me pasmó –y no deja de hacerlo- como atrapa las fantasías universales de la infancia masculina. Una identificación fue que la historia de Carlitos, el personaje central de ocho años, transcurre en la misma colonia Roma en la que viví yo a la misma edad unos años después del relato, a unos pasos de la emblemática avenida Álvaro Obregón, cuando la ciudad de México honraba aún la condición de ser la Región más Transparente del Aire, como la nombró Humboldt y certificó Alfonso Reyes.

Y la diferencia, que a Carlitos se le hicieron los sueños inmediatamente accesibles, pues la mamá del amigo de la que se enamoró, vivía en el mismo barrio y yo, en cambio, escogí para enamorarme a esa edad, nada menos que a Claudia Cardinale. 

En Gota de lluvia, libro sorprendente dedicado a los niños, José Emilio Pacheco dice algo que él encarnó: “Si se extiende la luz / toma la forma / de lo que está inventando la mirada”.

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