19 de Abril de 2018

Opinión

La burra no era arisca…

La actitud autoritaria asumida por los llamados profesionales en Comercio Exterior a cargo de la fiscalización en la Aduana Marítima y Terrestre de Subteniente López está dando al traste...

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La actitud autoritaria asumida por los llamados profesionales en Comercio Exterior a cargo de la fiscalización en la Aduana Marítima y Terrestre de Subteniente López está dando al traste con el interés de visitantes foráneos que desde hace muchos años acuden a esta frontera para comprar artículos baratos, aprovechando una franquicia terrestre autorizada de 75 dólares americanos (alrededor de 900 pesos mexicanos) por persona, con la restricción en bebidas alcoholizadas y tabaco.

De acuerdo con la ley en materia aduanal, el semáforo fiscal, que de aleatorio no tiene nada, en color verde significa que el ciudadano tiene paso franco, es decir, sin la revisión de la mercancía comprada, pues cada quien bajo su riesgo pudiera no declarar el monto de la mercadería importada y entonces sujetarse a las sanciones del caso si, por el contrario, se topara con una luz roja.

Pero, para sorpresa, los agentes aduaneros pasan por alto esta mecánica y, sin mediar explicación alguna, con semáforo verde o rojo, someten cada vehículo a revisión y sancionan a los visitantes conforme se le antoja, incluso, fijando ellos mismos los precios de los artículos importados, bajo pretexto de conocer ya que en las tiendas del duty free les ponen precios ficticios a las notas para no tener “problemas” en la aduana.

Esta arbitrariedad, aunada a la hosca manera con que estos servidores públicos tratan a la gente, termina por condicionar el ánimo de regresar a la frontera, porque, salvo que cruzar mercancía sea un asunto de vida o muerte,  tolerar el trato déspota de esta gente es algo que no todos están dispuestos a sobrellevar.

El argumento para no respetar, primero el semáforo fiscal y luego la franquicia, es que las instrucciones son las de detener a todo aquel vehículo que resulte sospechoso, como  camionetas cerradas, polarizadas o cosas similares, por la seguridad de la población.

Y me dirán, bueno, ¿y a los chetumaleños qué? Pues nada. Que esta gente que llega los fines de semana de entidades vecinas pernoctan en la capital, realizan al menos dos comidas aquí y quizá por la noche acudan a algún centro de esparcimiento y paguen varios taxis para moverse de un sitio a otro.

Sin contar que algunos chafiretes se pasan de listos y cobran tarifas más que irregulares, la gente se encuentra con inconvenientes que, de plano, les invita a no regresar.

Y luego salen con el argumento de que un decreto publicado en el Diario Oficial de la  Federación establece que no se pueden importar artículos de las marcas Puma o Converse a través de la aduana de entrada de Subteniente López, pero no se hace partícipe a la gente, no se les previene de esta u otras condicionantes sobre la compra de artículos importados.

Por eso cuando nos enteramos que detienen autobuses repletos de fayuca en algún punto de las carreteras o en las aduanas interiores, no resta menos que alimentar suspicacias sobre la calidad moral de los vistas aduanales o asumir que el autobús turístico fue llenado al puro estilo “hormiga”, es decir, acarreando de poco en poco.

Las autoridades aduanales y su actitud de “perdona vidas” no abonan mucho a la actividad económica de la zona, bastante deprimida, por cierto. No entendemos, y me refiero a quienes hemos tenido que cruzar palabra con estos sujetos –hombres y mujeres–, la razón de la prepotencia y altanería con que tratan a la gente, o si esta actitud despectiva es parte de los requisitos que deben reunir para obtener el trabajo.

Es curioso lo meticulosos que parecen ser en la aduana fronteriza, mientras que en la Terminal de Autobuses Foráneos, en salidas posteriores a las 22 horas, ya no hay agente aduanero que revise el equipaje de los viajantes que salen del estado. ¿Será que en Dziuché o Caobas sí realicen la revisión?

Por lo pronto aquí la gente se queja de esas tropelías y sin duda las comentan en sus lugares de origen, con lo que crean una imagen negativa de Chetumal y sus alrededores.

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