10 de Diciembre de 2018

Opinión

La Ciudadela

La ciudad de la que hablan esos relatos sólo la mantienen viva ancianos como tú y alguna que otra rata de biblioteca.

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Estaba el viejo leyendo una antigua crónica que hablaba de la Ciudadela de San Benito –la más importante construcción militar y religiosa de la época de la Colonia en Mérida-, levantada sobre las ruinas de lo que fue Ichcaansihó y, al entrar en su casucha, me pidió que no lo molestara y que, si no era urgente lo que fui a decirle, mejor volviera otro día.

Vete al chorizo viejo, le dije. Sólo eso me faltaba, que tenga que pedir cita para hablar contigo. Ni que fueras el alcalde o el gobernador. A ver, cuéntame por qué estás tan metido leyendo cosas antiguas. La ciudad de la que hablan esos relatos sólo la  mantienen viva ancianos como tú y alguna que otra rata de biblioteca.

Pareció que le prendí lumbre en los aparejos. Se levantó de su sillamolesto y me gritó: Te equivocas Custodio, mejor no demuestres tu ignorancia.

Le pedí que se calme y le propuse: Mejor dime para qué estás repasando esas historias. Lo de hoy es lo práctico: si algo estorba al imparable pico destructor de la llamada modernidad, se destruye y punto.

Qué bueno que no todos piensan como tú, barbaján inculto, siguió insultándome. Tengo un amigo, del cual hacía tiempo que no sabía y que ha invertido años de su vida –soñador empedernido como es- a escudriñar los recovecos de esa gran obra militar y religiosa que ocupó desde San Cristóbal hasta los mercados del centro y más allá. Es arquitecto y constructor de quimeras, no precisamente en ese orden, y ha hecho importantes aportaciones al estudio de lo que hoy apenas es un rescoldo en la memoria urbana.

Por él hemos sabido que quedan partes de muros de lo que fueron las murallas y fortificaciones de la Ciudadela. Los relatos de este buen amigo, Raúl Alcalá, nos permiten imaginarnos lo que fue ese monumental complejo religioso-militar en los años de la dominación española (así dice el cascarrabias a ese período dela vida en América). 

Yo, continuó el viejo, alcancé a ver algunos vestigios –apenas insinuaciones de lo que hubo allá- y no precisamente de lo más antiguo. Recuerdo, por ejemplo, aquel negro depósito de lo que fue la Refrigeradora Yucateca, primera empresa de agua potable en Mérida y que se construyó a principios de siglo –hay quien dice que alguna tubería subterránea de hierro que instaló la potabilizadora sigue sirviendo hasta hoy a la Japay- y una fortificación militar que funcionaba como estación de policía hasta 1966.

Mi amigo Raúl propone hacer un museo en ese sitio a fin de mantener viva la memoria de esa construcción que debió haber sido monumental, y –si me preguntaran-yo apoyaría la moción. La ciudad merece mantener viva la memoria de su pasado y que las generaciones que vienen sepan que aquí los siglos no pasaron en vano ni lo que hoy disfrutamos es fruto de la generación espontánea. Estaba leyendo lo que dice la historia para que cuando alguien me pregunte sepa qué contestar.

Ay viejo, le dije. Sólo a ti y a Raúl se les ocurren esas cosas, pero ojalá les hagan caso, aunque lo dudo. Hoy voy a repetir, te guste o no, la sentencia del Kempis: Sic transit gloria mundi...

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