23 de Septiembre de 2018

Opinión

La crisis de una depresión

La ansiedad lo orilló a la búsqueda confusa de su existencia.

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La ansiedad lo orilló a la búsqueda confusa de su existencia. En la agonía del deseo, surgió la ineficiencia al amor, se entregó de lleno al sueño para recobrar alegría. Un cumulo de ideas,   repasando sin cesar en su mente, llevaron a Julián Carlos Jurado López, hasta las puertas lúgubres del panteón central de su añorado Comitán, Chiapas. Ahí pudo ver, reflejada, como una película, el desfile mortuorio de sus padres, en dos tiempos, y la vida arrebatada por un infausto accidente automovilístico de su amada Celia, tres años atrás. Desde ese tiempo, la soledad se había encargado de perturbarle en su actividad comercial en la contratación y venta de seguros de vida, que irónicamente lo hacia comerciar con la existencia de sus clientes: Mediante el pago del seguro, transaccionaba monetariamente a la muerte.

Carlos había llegado al umbral de cinco décadas de existencia, con el infortunio a cuesta que emerge de las crisis constantes de la depresión y la neurosis psicológica, provocándole un desgano intenso de seguir viviendo. Era constante la lucha entre el dualismo de su personalidad: Por una parte, su especialidad laboral “asegurando” la vida de  sus clientes, y por la otra, poner una cara simuladora de  tranquilidad aparencial, para conquistar al asegurado.

En la explicación de las bondades, que reflejan dejar los asuntos resueltos cuando llegue la muerte. Ahora, en el umbral de aquel silencioso panteón, dudaba con la idea de penetrar en la ubicación, donde simbólicamente estaban guardados los restos de sus amores significativos.  

Una frase escrita en el portal, de aquel sitio lo hizo retornar, por un momento, a la realidad: “Los de afuera no quieren entrar; los de adentro no pueden salir”. Y en un instante sonrió con el pensamiento, ante la sabiduría que reflejaba aquella frase el contenido en su expresión temeraria y real.

Las crisis recurrentes en Carlos Jurado lo llevaban a entrar en la profundidad letárgica de un sueño, hasta por 14 horas consecutivas, bajo un desprendimiento sensorial de la vida en la transportación liberadora del sopor. El problema se agudizaba, en el retorno a la existencia diaria que en el encuentro con su realidad le provocaba una consistente depresión, la misma   que hacía ver en su alrededor la falta del gusto por la alimentación, las flores, las mariposas, la música, la pintura, el amor. Todo era dentro de él una personalidad caótica e insensible, sublime y dolorosa. Su necesidad laboral era el único margen de lucidez que aprovechaba para esconder aquel dolor interno de su alma. Habia cumplido 50 años de edad, y aparentaba a un anciano de 70.

Aquel día en el camposanto  de Comitán, con evidente cansancio de la vida, se acercó a la tumba de su amada Celia, leyó con paciente frialdad el epitafio de su tumba y algo inaudito aconteció: Él, que jamás había llorado, por primera vez hizo brotàr el recorrido de una lágrima que humedeció sus sonrojadas mejillas, mientras insertaba su mano en la bolsa derecha de su pantalón, para tomar un frasco con las dos pastillas de cianuro, que le acortaron de tajo la vida, en el encuentro a la nueva esperanza que lo persiguió con insistencia. 

Cuando lo encontró el vigilante de aquel tranquilo recinto de los muertos, vio que en su mano apretaba un papel que él previamente había escrito: “El amor no pudo adquirir mi vida. Sólo me la arrebató. Por fin  estaremos juntos, para siempre”.

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