18 de Noviembre de 2018

Opinión

La educación de lo esencial

Gran parte de la población no parece tener una buena opinión de la educación que se imparte hoy día.

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Con admiración y respeto para mis
compañeros maestros

El Instituto Nacional de Evaluación Educativa creado por Vicente Fox en el 2002 se convirtió en organismo público autónomo en febrero de este año, pretende contribuir al mejoramiento de la educación a través de evaluaciones integrales de la calidad del sistema educativo y de los factores que la determinan. Si la institución pretende mejorar la educación, es una sana medida el definir ¿qué entienden por educar?, específicamente ¿qué es lo que pretenden mejorar?  Para ello es necesario regresar a lo básico y preguntarnos ¿qué es educar? De acuerdo con la Real Academia Española se puede entender como  desarrollar o perfeccionar las facultades intelectuales y morales del niño o el joven.

Gran parte de la población no parece tener una buena opinión de la educación que se imparte hoy día, los alumnos se quejan de ella, los maestros se quejan de ella, los padres de familia se quejan de ella, finalmente las autoridades educativas dicen pretender un cambio que la beneficie. Ante la visión de casi todos, algo no está bien en la educación que se imparte hoy a los jóvenes. ¿Qué es lo que realmente no está funcionando?, ¿los métodos de enseñanza?, ¿la evaluación?,  ¿los contenidos? La respuesta parece ser más sencilla y profunda.

Recuerdo haber leído hace ya muchos años la experiencia de una maestra que estuvo recluida en un campo de concentración durante la Segunda Guerra Mundial; mencionaba que le había aterrorizado darse cuenta que dichos campos fueron diseñados por excelentes arquitectos, construidos por ingenieros en extremo competentes, que muchos de quienes servían como carceleros u operaban las cámaras de gas eran abogados o contadores y que buen número de quienes aplicaban inyecciones letales eran enfermeras tituladas. Desde entonces decía temer a la educación que se les daba a los jóvenes.

Parece olvidársenos que el título y la competencia en un área no garantizan que quien los posea los utilizará para el bien. Nuestro país tiene tristemente muchos ejemplos al respecto, tanto en el campo empresarial como de gobierno, un título no garantiza la bondad de una persona, un título no hace más humanitario a quien lo posee, no garantiza su felicidad, no garantiza su libertad de espíritu e independencia. No tomamos en cuenta que una educación sin guía ética y moral, solamente reducida a los conocimientos y habilidades, puede generar seres humanos con un alto grado de civilización pero despiadados y dirigidos sólo por sus deseos e intereses.

A pesar de que prácticamente todos los enfoques educativos recientes dicen tener interés en educar en valores, la realidad de lo que sucede en nuestra sociedad nos señala que no lo hacen o que han fracasado; en gran número de instituciones educativas se da enorme valor a lo útil y aplicativo, pero se mantiene casi en el olvido lo ético y moral. Esto sucede a pesar de lo mucho que las instituciones educativas de toda índole se empeñen en asegurar que ellos sí forman en valores, cuando la realidad es que forman en el conocimiento de los valores y trabajan muy mal la vivencia de los mismos.

Los maestros son los llamados a hacer vida la ética y la moral, no enseñando su conocimiento, sino procurando su vivencia y puesta en práctica; los maestros están destinados a contribuir en la formación de hombres y mujeres que sean capaces de amarse y respetarse los unos a los otros, reaccionar con solidaridad ante las necesidades del prójimo, ser capaces de compartir las alegrías y las tristezas, entender que el sufrimiento es parte de la naturaleza humana, pero que no hay que dejarse vencer por él;  a no temer a la muerte y lograr tener una vida productiva y satisfactoria para él y para quienes le rodean.

No estoy sugiriendo que los maestros dejen de enseñar la ciencia y la técnica, estoy proponiendo que complementen esa educación compartiendo sus intereses, explicando cómo se han levantado de sus fracasos, enseñando la gloriosa materia de consolarse los unos a los otros, aprendiendo a convivir en la alegría y la tristeza,  enriqueciendo con su experiencia de vida a los alumnos, compartiendo con ellos sus ilusiones, fracasos, esperanzas y de esta manera lograr que sus alumnos aprendan de la vida, que juntos en comunidad maestro y alumnos se eduquen unos a otros, se perfeccionen como seres humanos y establezcan una verdadera sociedad inclusiva y comunidad de vida.

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