20 de Octubre de 2018

Opinión

La excelente aventura del doctor Roemer

El único parámetro para nombrar cónsules en Estados Unidos debería ser la capacidad acreditada del aspirante.

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Uno de los muchos vicios del priismo que están de regreso con la presidencia de Enrique Peña Nieto es el nombramiento convenenciero de funcionarios. 

Hace algunos meses escribí una columna en MILENIO refiriéndome al lamentable caso de la designación de Sandra Fuentes Beráin como cónsul general en Nueva York, en detrimento de la enorme comunidad mexicana en aquella ciudad.

Describí cómo Carlos Sada, un buen funcionario que había hecho un trabajo loable en circunstancias particularmente complicadas, había sido sustituido por Fuentes, embajadora mexicana de ilustre carrera pero nula experiencia en la delicada y compleja operación de un consulado en Estados Unidos. 

Expliqué la manera cómo la embajadora Fuentes pidió expresamente el puesto por motivos familiares que, sobra decirlo, tenían poco que ver con las virtudes y experiencia necesarias para llevar el consulado a buen puerto.

Por razones todavía inexplicables, el gobierno aceptó las súplicas de la embajadora y removió al cónsul Sada, enviándolo a Los Ángeles, donde, por cierto, ha hecho un gran trabajo.

Apenas publiqué aquella columna, recibí una atenta llamada de la cancillería. Aprecié la aclaración que se me dio, pero no la compartí. Sigo sin compartirla. El único parámetro para nombrar cónsules en Estados Unidos debería ser la capacidad acreditada del aspirante. 

Quizá el problema radica en que los nuevos encargados de la diplomacia mexicana no conocen bien lo que realmente implica ser cónsul en ciudades con gran presencia mexicana acá.

No saben, por ejemplo, que la comunidad necesita y pide ayuda cotidiana y constantemente. Se les escapa el calibre de simple y llana talacha que el trabajo exige: la labor de los cónsules es, quizá como ninguna otra, de camisa arremangada; requiere de presencia constante, casi obsesiva. No es para los que interpretan la diplomacia como un delicioso año sabático.

He decidido volver al tema porque la cancillería mexicana —y el Legislativo, que ratifica los nombramientos— parecen no haber aprendido la lección. Como revelara MILENIO ayer en la sección de trascendidos, el nuevo cónsul en San Francisco, Andrés Roemer, ha interpretado su puesto como una licencia para hacer turismo eventual. De entrada, el nombramiento de Roemer es un misterio. 

¿Cuáles son las credenciales de Roemer para suponer que sabrá apoyar y comprender a la creciente comunidad mexicana en San Francisco? Sé que Roemer es un buen conductor de televisión, dedicado empresario cultural y reconocido esteta, con una de las mansiones  mejor decoradas de México, donde organiza soirées de conocida sofisticación y selecta concurrencia.

Quizá eso sea lo que lo lleva a la hermosa “ciudad de la bahía”, donde no escasean joyas arquitectónicas ni buen vino. Me temo, sin embargo, que no es suficiente. Ser cónsul en San Francisco (como en Los Ángeles, Nueva York, Chicago, Houston y tantas otras ciudades) requiere de experiencia puntual y seria.

O al menos, caray, de ganas de realmente ser cónsul. El primer requisito para ser cónsul es estar todos los días en el consulado. Desde su nombramiento, Roemer ha ido y venido de San Francisco.

A quien le pregunta, Roemer explica que lo suyo son sus empresas y que solo aceptó el consulado como un favor. Si el lector tiene alguna duda del calibre de compromiso de Roemer con su nuevo empleo, lo invito a visitar su Twitter, donde “Cónsul general de México en San Francisco” es apenas la quinta de las ocupaciones enlistadas en su biografía (seguida de “Doctor en equivocaciones”).

Vea el lector el timeline de Roemer: mucha “Ciudad de las ideas” (esos poblanos sí que saben hacer negocio), mucho del nuevo libro de Roemer; muy poco sobre el caso de Andrew López, hijo de inmigrantes mexicanos que la policía de Santa Rosa mató porque traía… un arma de juguete, o de los más de 350 mil mexicanos que se calcula viven en el área de la bahía.

¡Ah, pero eso sí! La cuenta de Twitter del consulado mexicano en San Francisco se ha aprovechado últimamente para promover  “Ciudad de las ideas”, negocio particular del ausente cónsul.

Pero, claro, la culpa no es del Roemer, sino de quien lo hizo cónsul. Como en el caso de Nueva York, la cancillería se equivoca si piensa que malbaratar los consulados es una buena idea.

Las necesidades de la comunidad son muchas, son urgentes, son impostergables. En un país donde los indocumentados son perseguidos sistemáticamente, México no debería tener tiempo para embajadores que quieren estar cerca de sus hijos o coleccionistas de antigüedades —e ideas— con antojo de cabernet.

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