17 de Enero de 2018

Opinión

La Gran Familia disfuncional

Se sabe que el albergue empezó como una especie de internado al que llevaban a los niños que tenían problemas de conducta.

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El albergue de Mamá Rosa, La Gran Familia, es muy conocido en Michoacán y desde siempre ha sido muy controversial. Hay quienes la acusan de usar el albergue como pretexto para su bienestar y enriquecimiento personal, pero también hay muchas personas que afirman que gracias a ella son personas de bien. 

Se sabe que el albergue empezó como una especie de internado al que llevaban a los niños que tenían problemas de conducta. Después evolucionó y se agrandó a tal punto que, al momento del cateo de hace unos días, había 600 personas viviendo en ese lugar, entre niños y adultos.

Lo cierto es que esta mujer adoptó a varias decenas de niños, les dio casa y los educó, cuando éstos vivían en la calle o habían sido abandonados. También es cierto que ese albergue fue el hogar de cientos de personas que cuando menos tenían un lugar donde dormir, comer y convivir con otros.

Mamá Rosa inició el albergue hace más de cincuenta años; dicho está de más que por ahí han pasado miles de niños. Lo raro es que también han pasado por ahí cientos de autoridades, presidentes municipales, gobernadores, diputados e incluso presidentes de la República. ¿Ninguno de ellos se dio cuenta de que estaban pasando tales abusos? ¿Cuándo empezaron?

¿En qué momento el albergue pasó de ser una recomendación que daban las mismas autoridades a los padres desesperados a una casa del terror? 

La jefa, como también se le conoce, es franca, directa y ha tenido esa imagen de no preocuparse por ella para mejor preocuparse por los demás. Varias veces salió en reportajes de televisión diciendo que no era fácil mantener a tantos niños, que los gastos no paraban y que cada vez eran más altos. Y esos reportajes se hacían ahí mismo en el albergue, que de entrada no se veía de lujo ni impecable. 

La pregunta que salta ahora es: ¿a qué responde este cateo? Bueno, es simple, responde a varias denuncias y en realidad era lo correcto por hacer. Lo que no me parece bien es la inmediata satanización de la mujer de 90 años que dedicó su vida a cuidar a niños que no eran de ella. Y menciono su edad porque me parece clave en este asunto. Definitivamente ya no tiene la vitalidad que tenía cuando fundó el albergue; en algún momento debió dejar la administración a alguien más. Por más que ella estuviera ahí y siguiera siendo la jefa, su misma edad la imposibilita de muchas cosas. 

No es mi intención defender ni acusar a nadie, pero, como dijo Murillo Karam hace unos días, en esta historia también debe haber héroes. Lo cierto es que ese albergue, durante mucho tiempo, cubrió una necesidad que el gobierno no pudo cubrir.

Toda historia tiene dos versiones, esta es una de esas en las que es necesario que escuchemos a ambas antes de emitir un juicio. ¿Qué piensa usted?

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