16 de Julio de 2018

Opinión

La hija predilecta de Satán

La violencia es la castración de todo lo humano, la putrefacción de todo aquello que de divino y realmente humano tiene la persona en sí misma.

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El 11 de marzo de 2004 España sufría el peor atentado terrorista de su historia, en la estación del metro de Atocha, con varias mochilas explosivas, el grupo terrorista Al-Qaeda dinamitaba vagones del metro causando la muerte de 191 personas e hiriendo a 1,858 más.

La razón principal del grupo terrorista era tratar que el gobierno español le retirara el apoyo a Estados Unidos y que las tropas estadunidenses aisladas se retiraran de Afganistán, solamente había un pequeño problema: los estudiantes que acabaron sin piernas, la abuela que perdió a sus nietos, los dos enamorados que teniendo una vida por delante acabaron como despojos entre los hierros retorcidos no tenían nada qué ver en las acciones de quienes se enfrentaban entre sí.

Y es que parece que en nuestro mundo cada vez más se extiende una ceguera que olvida la justicia y la piedad, pero abre los ojos a la violencia y la sinrazón. La ceguera del mal es brutal, porque no ve o no quiere ver a aquellos que fríamente elimina. Para Al-Qaeda la operación fue un éxito y a mayor número de muertos mayor éxito.

Las personas se vuelven objetivos, se transforman en números. Muy bueno, sin embargo, sería que pudieran conocer la intimidad de la vida de aquellos que despiadadamente asesinaron, de aquellos a los que con una lógica sin sentido y sin piedad han mutilado.

¿Acaso podrían con la misma frialdad hacer estallar el tren después de haber visto a la abuela acariciar a sus nietos y disfrutar de su inocencia?, ¿apretarían el detonador después de ver cómo transcurren los meses de amor de los enamorados y conocer sus esperanzas y planes de matrimonio?, ¿podrían acaso soportar el resto de su vida crucificados en una silla de ruedas sin llegar a entender el qué y el porqué? Probablemente soy muy ingenuo y si lo harían, no lo sé. 

Hace unos años leí la noticia de una mujer que se suicidó porque en un atentado de este tipo su esposo había muerto; en los tres meses posteriores al atentado enterró a su esposo y vio vaciarse su vida de esperanzas y de compañía, el café de la mañana se hizo insípido sin el esposo con quien compartirlo, las tardes se volvieron eternas en la soledad de su casa y las semanas y los meses le fueron arrebatando las últimas fuerzas de vida, hasta que ya, vacía de vida, decidió acabar ese vacío con el vacío de la muerte y colgándose le dio fin a la última muerte del atentado terrorista, porque ella, más que matarse, fue asesinada lentamente desde la muerte del marido hasta el último día que respiró. Sé que su suicidio fue una locura, una tan grande como los tres meses de lenta agonía que los terroristas prepararon para ella.

Porque han de saber que más que sus manos, fueron las de los terroristas las que compraron aquella soga y fueron ellos quienes la pasaron por su cuello y fueron ellos mismos quienes, en un último acto de sinrazón, han pateado la silla sobre la que se encontraba parada.

Porque los terroristas en Madrid o en cualquier otro lugar del mundo no han matado únicamente a los que fallecieron en una explosión, han arrancado la vida de cientos y miles de corazones de hermanos, de padres, esposos, tías, hermanas, que han muerto lentamente ante la ausencia del amor cercenado brutalmente. La barbarie a la que puede llegar el corazón humano no es comparable con la existente en algún otro ser vivo, porque nosotros tenemos la razón y fría y perversamente hacemos lo que hacemos. Muere el asesinado y junto con él muere alguien más.

Creyente del cielo y del infierno, imagino que es probable que el infierno sólo sea ver eternamente la consecuencia de nuestros actos y que uno tras otro los terroristas vivan la angustia, traguen la amargura, sientan en los huesos el dolor y la soledad de aquellos angustiantes tres meses, antes de colocarse en el cuello aquella cuerda que ingenuamente creerán los liberará de esa tortura, digo ingenuamente porque probablemente estarán condenados eternamente a ver con la fría luz del entendimiento todo aquello que generaron en los demás. 

La violencia es la castración de todo lo humano, la putrefacción de todo aquello que de divino y realmente humano tiene la persona en sí misma, es la negación de lo humano en la humanidad, es un atentado contra sí mismo y es por ese afán autodestructivo que se encuentra en el corazón de lo maligno y de la maldad, es por eso que es y siempre ha sido la hija predilecta de Satán.

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