20 de Octubre de 2018

Opinión

La hoja en blanco

Se dice que para que Francisco González Bocanegra escribiera el Himno Nacional Mexicano su prometida...

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Se dice que para que Francisco González Bocanegra escribiera el Himno Nacional Mexicano su prometida tuvo que encerrarlo bajo llave en una habitación, sin permitirle salir hasta que terminara de componer y así participara en un concurso. Y cuando Víctor Hugo se vio aquejado por un bloqueo literario, le pidió a su ayudante que se llevara todas sus pertenencias lejos de casa, quedándose apenas con lo básico y encerrándose para escribir.

Después de todo, según Thomas Mann, “un escritor es alguien para quien la escritura es más difícil que para otras personas”.

Pero aparte de los bloqueos, se encuentran los “rituales creativos”, por decirlo de alguna manera.

Apenas la semana pasada, alguien me comentaba del procedimiento pre-escritura de su amiga; pasaba toda la mañana limpiando la habitación, desempolvando cada mueble y superficie y desinfectando cada rincón. Sólo después de eso, y en absoluto silencio, podía empezar a escribir.

Pero ese apenas es un ejemplo nimio. Muchos de los grandes escritores trabajaban sólo bajo el velo del alcohol y las drogas. Poe fue dipsómano y opiómano. Y fue Hemingway quien dijo: “Escribe borracho. Edita sobrio”. 

Pero hay cinco sencillas y muy recurridas opciones para encontrar inspiración: a) pasar siete horas boca arriba hasta que la sangre se acumule en la cabeza y ocurra una sublime circulación de ideas; b) tomar veintisiete tazas de café; c) tomar quince tazas de café con Coca Cola; d) jugar la ouija; e) ponerse las lagañas de un perro.

No, por supuesto que no. Con cualquiera de esas uno se muere (y con la “d” no quiero saber ni qué pasa).

Quizá la mejor opción sea estar frente a la hoja de papel y ponerse a trabajar. O al menos eso decía Picasso, que la inspiración existe, pero tiene que agarrarte trabajando.

Pero también hay a quienes sólo les llega como una ventisca. Hay quienes sólo cuando ven o escuchan algo, les llega el golpe de inspiración, el zarpazo creativo.

A veces son los sucesos trágicos en la vida de una persona, los que pueden marcarlo como escritor; ya sea constituyendo sus bloqueos, o de plano el fin de su carrera como escritor, o bien, iniciándolo en ella. Hay quienes recurren a la escritura como único medio de escape; que si no escriben se ahogan, se asfixian, se queman. Hay quienes, su único medio de salvación, es una hoja en blanco.

Claro que, una cosa es escribir sólo como medio de desahogo, y otra es usar la escritura como medio de enseñanza, o darle una dirección moral o estética.

Hace poco aún pensaba que para escribir, tenía que, por ejemplo, lavar trastes, quedarme sola y en silencio junto a una ventana, ordenar mi cuarto (o por el contrario, tenerlo hecho un desastre). Pero sé que no hay nada mejor que escribir cuando se tiene un motivo, un verdadero motivo. Un motivo que haga que las palabras salgan como lava hirviendo.

Apenas inicio en esto. Soy de esas personas que cuando tienen una idea, se entusiasman y trabajan con ella, y al día siguiente les parece un horror y la desechan. Vicisitudes creativas, supongo.

Pero lo vale. Ya sea para desahogarnos, para ejercitar la creatividad, para enseñar o deleitar. La creación de nuevas formas de belleza será siempre uno de los objetivos humanos más sublimes.

Pertenezco al grupo de lectores y escritores encafetados. Viviré y moriré en la vida tantas veces como sea necesario; siempre con ayuda de las palabras y de una hoja en blanco.

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