11 de Diciembre de 2017

Opinión

La hora de los resucitados

"Todo se reduce a una simple elección: dedicarse a vivir o dedicarse a morir".

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Con cariño y respeto para Angélica Saucedo 

En 1942 un psiquiatra vienés llamado Viktor Frankl, junto con su esposa y sus padres, fue enviado a un campo de concentración por los nazis; toda su familia murió en los campos de concentración. 

Frankl, liberado en 1945, escribió el libro “El hombre en busca de sentido”, del que se desprendió una nueva escuela, la logoterapia, asegurando que en medio de los horrores y sufrimientos más grandes, aún bajo la más brutal deshumanización, los seres humanos pueden encontrar una razón para vivir basados en su espíritu. 

En algún momento de su vida, Frankl escribió: “Llegué a comprender que lo primordial es estar siempre dirigido o apuntado hacia algo o alguien distinto de uno mismo: hacia un sentido qué cumplir u otro ser humano qué encontrar, una causa a la cuál servir o una persona a la cuál amar”; es en este sentido que los seres humanos tenemos la libertad de elegir, la posibilidad de levantarnos de entre nuestras miserias, abandonar los horrores de nuestro sufrimiento y elegir ser felices;  por supuesto elegir la felicidad no es tarea fácil, pero como he comentado en otras ocasiones, la vida es bella pero no por ser fácil. Hay que tener el coraje y el valor de decidir ser felices a pesar de lo que sea.

Un amigo muy querido sufrió en su adolescencia al ver cómo la chica que amaba y supuestamente le correspondía quedaba embarazada de un desconocido. El amigo del alma, a quien le había abierto las puertas de su casa lo abandonaba y traicionaba, envidiándolo y haciéndolo caer  en el abismo de las drogas y el alcohol; la infidelidad de su padre, la existencia de otra familia y otros hijos, la ingrata tarea de hacérselo saber a su madre tras 5 espantosos años,  un matrimonio fracasado de casi 25 años, lo han dejado solo y, a pesar de ello, de entre el llanto, el dolor, el sufrimiento y el deseo de morir que algunas veces le invadió aún sonríe, aún se esfuerza con alma, vida y corazón en ser y hacer felices a quienes lo rodean; el espíritu es inquebrantable cuando lo decidimos.

Ella vivió en medio de una relación violenta de sus padres, huyó de casa a los 15 años, a los 17 sufrió un secuestro en el que sus captores le fracturaron a golpes la mandíbula y le quebraron la belleza de la juventud, le secuestraron el alma, la condenaron al pozo profundo del sufrimiento, quebraron su cuerpo, pero no su espíritu, que se mantuvo intacto a través de un matrimonio fracasado y dolorido de muchos años; ni el alcoholismo de sus seres queridos, ni la soledad en compañía, ni el dolor de la indiferencia lograron nunca borrar la sonrisa de su rostro, la dulzura de su voz y su férrea decisión de seguir viviendo y respirar vida a pesar de los dolores, de ser luz a pesar de la obscuridad.

Otra mujer ejemplo de vida, de alegría contagiosa, de bondad repartida, madre de tres hijos, recibió la sentencia de ser contagiada del virus del sida por su esposo, arrasada por el dolor de saber que fue durante su matrimonio que su esposo fue contagiado y  se lo trasmitió a ella, cuidó hasta el último día de su vida a quien la había condenado a tal sufrimiento y luego, durante diez desgarradores años, cuidó a sus hijos mientras la enfermedad le iba robando la vida, secando la ilusiones, desgarrando la existencia. La brutalidad de la sinrazón de su sufrimiento nunca empañó la entrega amorosa a sus hijos y jamás logró borrar su sonrisa encontrando vida hasta el último instante de su existencia.  

Grande es el espíritu humano cuando, como en los tres casos anteriores, se decide resucitar de entre el dolor, se decide vivir a pesar de todo; hermosa y vivificadora es la lucha de quien entiende que la esperanza no es lo último que muere, sino más bien lo primero que vive; verdaderos hombres y mujeres son aquellos que en medio de vidas desgarradoras logran encontrar sentido a su vida, ser luz para sí mismos y  llevar luz a los demás, que al morir logren escuchar:  “Siervo bueno y fiel, entra en la gloria de tu Señor”.

¿Cómo hemos de responder nosotros ante ellos? Recuerdo especialmente el diálogo de una película prodigiosa, “Sueños de fuga”, en la que el personaje de Tim Robbins aseguraba:  “Todo se reduce a una simple elección: dedicarse a vivir o dedicarse a morir”, pues bien, si estamos muertos que todos resucitemos, dediquémonos obstinadamente a vivir, que esta hora y todas las horas sean siempre la hora de los resucitados ante el dolor.

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