16 de Enero de 2018

Opinión

La imagen de los políticos

Descubro en el actuar de muchos de ellos cierto recelo, ante la diferencia existente entre las remuneraciones...

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Descubro en el actuar de muchos de ellos cierto recelo, ante la diferencia existente entre las remuneraciones y beneficios económicos del sector privado y los emolumentos a que como funcionarios públicos tienen derecho.

Diversas son las definiciones y conceptos acerca de lo que es política; algunos autores coinciden en su relación con el uso del poder y otros, en considerarla la ciencia y arte de gobernar, pero lo que tengo claro sin dudar es que en teoría, quien opta por el camino de la política, opta por servir a un pueblo que lo eligió y confía en él sus destinos.

Más allá de la retórica y las definiciones, lo que observo es que políticos y funcionarios se alejan de la misión de servir y también de la de gobernar con rectitud por afanes de poder y ambiciones económicas. A muchos, la mayoría, les parece poca e incluso injusta su recompensa monetaria a cambio de su trabajo, y es por ello que se entregan a las fauces de la corrupción y el tráfico de influencias en medio de una total opacidad, favorecida por el mismo sistema que ellos han creado.

En pocas palabras y para decirlo claro: A muchos funcionarios públicos les causa envidia lo que un empresario puede ganar, y en consecuencia le dificultan la actividad o simplemente actúan bajo la premisa personal de "yo me lo merezco también".

Si los políticos y funcionarios se consagraran asiduamente al trabajo y existiera en ellos la vocación de servir, podrían entonces vivir en la honrada medianía que les proporciona su retribución.

La premisa anterior nos lleva irremediablemente entonces al perfil de los que nos gobiernan y los que encuentran en el servicio público, en donde la corrupción, demagogia, sectarismo e  incompetencia son común denominador.

Veo y observo en la actualidad a diversos tipos de políticos: Aquellos que nacieron para esto, que nunca han hecho otra cosa que dedicarse a la política -para ellos está bien claro que existen sólo dos clases de seres humanos: Los gobernantes y los gobernados-; los que mandan y los que obedecen -no hay medias tintas y ellos se consideran parte de un grupo especial de élite que en muchos de los casos no están dispuestos a cambiar su status quo, ni a conceder, ni mucho menos a vivir con la "honrada medianía" de su retribución-.

Estos políticos son fuertes y poderosos, y el poder económico de algunos eventualmente está a la par de los más grandes capitales privados, aunque no puedan reconocerlo públicamente.

Existen los empresarios-políticos, aquellos que ya sea por invitación o por méritos propios han llegado a ocupar cargos importantes y de los que se puede esperar en teoría una mayor transparencia y honestidad, aunque éstas no son condiciones siempre presentes ni garantizadas. En muchos casos, estos últimos fracasan al no tener experiencia en la administración pública; algunos demuestran incompetencia y otros son tropezados deliberadamente por el mismo sistema.

Está también el político-funcionario de medio pelo, que no hace ni deja hacer, esos que han hecho que la palabra burócrata sea casi un calificativo despectivo. Viven de dádivas, se prestan al influyentismo y trafican con sus relaciones.

Es claro que debe existir un gran número de burócratas en el buen y correcto sentido de la palabra, que son honestos, trabajadores y entregados, y tristemente tienen que cargar cotidianamente con el peso de la terrible imagen de los vividores de la política y el erario.

Vivir del erario podría ser cómodo y hasta satisfactorio si quienes ocupan una silla pública estuvieran convencidos de que están ahí para servir.

Ocupar un alto cargo en la administración pública y poder servir al pueblo debería ser el más alto honor que se le puede conferir a un ciudadano, y la gran oportunidad que tiene de emprender acciones y hasta proezas que signifiquen una mejor calidad de vida para sus compatriotas.

Lamentablemente esa es sólo parte del mundo utópico.

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