21 de Septiembre de 2018

Opinión

La jornada electoral (2)

La grotesca distinción entre huarachudos y jinetes sólo puede venir de la envidia que le provoca su incapacidad.

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Con tanto cuento, atento siempre a las manifestaciones populares, agradece la comunicación del señor Sinforro Catzín Tzab, vecino de San Pedro Kunché. 

A petición del interesado, me permito hacerla extensiva a los lectores:

Me parecen de muy mal gusto los puntos de vista vertidos acerca de los pluris la semana pasada. Me preocupa especialmente su oscura intención de amarrar navajas, puntualizando diferencias entre unos y otros para provocar división entre los legisladores que compondrán las Cámaras de Diputados y Senadores en la próxima elección federal. La grotesca distinción entre huarachudos y jinetes sólo puede venir de la envidia que le provoca su incapacidad para alcanzar un puesto cameral. 

Entre muchas bondades de la reforma, permite que representantes populares, cabareteras, boxeadores, payasitos, amigotes del presidente del partido, familiares y en general ciudadanos comunes y silvestres -que de ningún modo podrían acceder a una diputación por la vía uninominal- sean diputados. 

Es una prerrogativa de los partidos políticos premiar incondicionales que han mostrado solidaridad, buen desempeño y  deseos fervientes de servirlos desde la tribuna. Si algún miembro se porta bien es justo que sea recompensado. Finalmente no es imputable a los pluris que únicamente existan 300 distritos electorales.

Hay diferencia en la forma, pero ser candidato plurinominal de ninguna manera significa estar “ahuevonado en el aire acondicionado”, como usted, con tan mala leche, menciona. Todo lo contrario. Para muchos implica la oportunidad de vestir con distinción, disfrazar el albur y hablar el español correctamente. Sentarse con propiedad en su curul. Echar un pestañazo sin ser evidente, jugar al candy crush y, llegado el momento, agarrarse a madrazos con algún colega que se pase de lanza. 

Oprimir un botón con dignidad.  Mimetizar origen y vulgaridad permite acrisolar a la población mexicana: desde los “muy, muy hasta los tan, tan”.

Imagine la desproporción de contar únicamente con personas que cuenten con la preparación exigida cuando la sociedad se caracteriza por su diversidad. Si tanto le molesta, lo animo a fundar su partido. 

Ya me dirá usted, llegado el momento, si no considerará optar por esta vía para acrecentar su influencia en las cámaras. Le agradezco la atención.

¡Vaya biem!

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