22 de Septiembre de 2018

Opinión

La muerte ahumada

Felipe Ahumada Vasconcelos, nos receta sus dardos repentistas pero joviales en Milenio Novedades.

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Dice Schopenhauer que la jovialidad es la moneda de la dicha. Tenerla es innato, tanto que para Platón nombra una de las mancuernas del carácter: jovial, de buen humor, o gruñón, del malo. 

Ser jovial de por sí, es piso firme del camino de una buena vida. La jovialidad, si se acompaña de salud, aflorará más fácilmente para poner al mal tiempo buena cara, por lo que se usa como medicina espontánea, sobre todo por quienes han desarrollado la capacidad de reírse de sí mismos, lo cual  es mejor que sentarse a llorar. Todo ello sin exagerar, con la templanza recomendada por Machado: “Es el mejor de los buenos / quien sabe que en esta vida / todo es cuestión de medida: / un poco más, algo menos”. 

La capacidad extra de reírse de lo que sea, incluyéndose uno, es propia de caricaturistas y en general de artistas –salvo gruñones irredentos que nunca faltan– quienes cuentan con el don de la observación mezclado con una buena dosis de antisolemnidad, porque no hay nada peor que la tiesura del solemne –casi siempre avinagrado– mezclada con creencias demasiado firmes sobre una multitud de asuntos que muchas veces no son susceptibles de ser descifrados y sobre los cuales es ocioso opinar y una enorme tontería tomárselos demasiado en serio. 

El repentismo ocurrente es prenda de lujo de los joviales, muy practicado en Yucatán. Advirtamos que las ocurrencias son mejores cuando retratan lo que de cómico tiene la realidad que cuando se dedican a inventar el hilo negro, deporte que se ha puesto de moda entre multitud de especialistas de todo y sobre todo. 

Como ejemplo del repentismo yucateco y nuestra capacidad de poner al mal tiempo buena cara, está la memorable ocurrencia del vate Correa, recostado en una banca y seguramente crudo, al ver pasar un nubarrón: “Nube que pasas tan sola / por el espacio callada / dile a mi bien amada / lo que la quiero a Lola”. Sobresaltado por un trueno, terminó diciendo: “pero si estás enojada / nube que pasas tan sola / vete mucho a la chingada / y no le digas nada a Lola”. 

Un émulo contemporáneo, Felipe Ahumada Vasconcelos, nos receta sus dardos repentistas pero joviales en Milenio Novedades. Hace años coincidimos con él en El Navegante, revista electrónica pionera patrocinada por Alberto Cámara Patrón y Rolando Armesto.

El genial Javier Covo, que le daba forma con altísima calidad, escribió una vez al consejo editorial para proponer la incorporación de Felipe, ponderando sus muchas cualidades y refiriéndose a él siempre como Felipe Ahumada V., con la inicial final con la que enfatizaba discretamente la prosapia de su segundo apellido como nieto del ilustre Vasconcelos.

Así que la bienvenida tuvo que decir así: “Bienvenido a este recinto, / Vuesa Majestad, / Felipe Ahumada Quinto”. Felipe lo tomó con el humor debido, agregándose al duelo de panfletos que nos recetábamos. Va para él una calavera de saludo: “Con la calaca tiznada / por el fuego repentista / la parca pasó revista / y tuvo su fin Ahumada”.

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