21 de Septiembre de 2018

Opinión

La noche de San Silvestre

La noche de hoy, 31 de diciembre, es conocida como la Noche de San Silvestre, porque el Papa murió en esta fecha hace muchos siglos.

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San Silvestre fue el primer Papa canonizado sin haber pasado por el martirio. Aunque parezca un dato sin importancia muestra que la Iglesia de su tiempo había dejado de ser perseguida y que las canonizaciones algo tenían de voluntad política.

El pontificado de San Silvestre I había corrido paralelo a la estancia en el trono imperial de Constantino el Grande y ellos no sólo fueron grandes amigos sino que el ámbito religioso aceptó supeditarse al poder imperial. 

Aquellas palabras de Jesús, “Al César lo que es del César”, se modificaron: “Al César incluso lo que es de Dios”.

Ese fue el inicio de lo que hoy se conoce como la Iglesia constantiniana que, según teólogos e historiadores cristianos, vino a suceder a los primeros tiempos de la Iglesia, cuando todo era de todos y la pompa vaticana no imitaba a la pompa de los emperadores romanos. 

El pontificado de San Silvestre I va del año 314 al año 335: una buena cantidad de siglos. Aunque conoció una Iglesia perseguida le tocó presidirla en libertad, porque el Edicto de Milán (que reconoció los derechos de los cristianos para vivir su fe) es de junio del año 313. Hace 1700 años. 

Quienes hoy quieren cambios drásticos e inmediatos en la Iglesia Católica deberían tomar en cuenta la enormidad de tiempo que constituye una larga tradición en el ejercicio del poder. La colina vaticana que nada tiene que ver con el pesebre en que naciera el Dios niño, fue entregada por Constantino a San Silvestre I. Desde entonces y desde ahí se ha visto hundir imperios y crecer otros, agrandarse el mundo y destruirse pueblos enteros.

La noche de hoy, 31 de diciembre, es conocida como la Noche de San Silvestre, porque el Papa murió en esta fecha hace muchos siglos. Es una noche larga, no la más larga del año porque ya pasó la del solsticio, hace diez días, y por lo menos en Galicia esta es noche de “meigas”, o sea, de brujas. De “akelarre”, se dice en vasco.

Ahora que un papa no sólo ha renunciado a ponerse número para no parecer monarca, sino que ha tomado el nombre de otro santo mucho más pequeño y sin poder, mínimo,  Francisco, el que venerara el pesebre de Belén, alguna esperanza podemos tener de que termine la noche de San Silvestre.

No hoy ni mañana, pero sí que hacia ese derrotero nos dirijamos todos. Incluidos, como siempre dice el nuevo Papa, quienes no tienen ninguna religión.

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