13 de Diciembre de 2017

Opinión

La nueva revolución

EE.UU. y Brasil, países cuyo crecimiento está siendo motivado por la rejuvenecida producción de petróleo e hidrocarburos.

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Cuando se pensaba que el internet era la única revolución de la vida moderna, un informe de la Agencia Internacional de Energía (AIE) demuestra que la renovada explotación de las energías tradicionales transformará la geopolítica y la economía mundial.

Los mayores protagonistas de esta flamante revolución no están en Oriente Medio. Se trata de EE.UU. y Brasil, países cuyo crecimiento está siendo motivado por la rejuvenecida producción de petróleo e hidrocarburos, tanto por el  descubrimiento de nuevas cuencas como por mejores tecnologías de producción.

La presidente Dilma Rousseff desbordó confianza durante la reciente Cumbre Iberoamericana de Cádiz. Brasil, como sexta potencia económica mundial, no sólo brindó confianza a los inversores por su lucha sin cuartel contra la corrupción  –Rousseff echó a 8 ministros de su gabinete y por el “mensalão” se condenó a más de 20 miembros del oficialismo–, sino porque mantiene una política energética líder y coherente. En su liderazgo ofrece a la eficiente Petrobras, a diferencia de la YPF argentina, involucrada en la conflictiva expropiación parcial de la española Repsol, y de la PDVSA venezolana, debilitada porque el gobierno la usa de órgano partidario más que para el desarrollo estatal.

Brasil tiene en el monumental yacimiento Pre-sal, frente a las costas de Sao Paulo y Río de Janeiro, su apuesta al futuro. Aspira a ser el quinto productor mundial con 6 millones de barriles diarios de petróleo a finales de la década, de los cuales exportará la mitad.

EE.UU. es un caso más exitoso, considerándose que es la primera potencia mundial. Para 2020, producirá entre 13 y 15 millones de barriles por día, relegando a Arabia Saudita como primer productor global. No sólo será autosuficiente como pronosticaron Barack Obama y Mitt Romney en los debates electorales, sino que volverá a ser potencia exportadora. Lo logrará sobre la base de mejores tecnologías para la explotación de petróleo en suelos rocosos y por el excedente de energía derivado del mejor rendimiento del consumo en automóviles y transporte en general.

Esta revolución supone un avance económico considerable para ambos países. Gracias a esas nuevas tecnologías, el antes olvidado estado de Dakota del Norte produce ahora más petróleo que Ecuador o Libia, con una tasa actual de desempleo del 3%, muy inferior al promedio nacional de 7.8%. Para 2020, EE.UU. tendrá 3 millones de empleos ligados a la extracción de petróleo y gas, una suba considerable del 1.7 millones actuales.
Mientras tanto, Brasil usará las ganancias de su industria energética para apuntalar la erradicación de la pobreza y la construcción ya proyectada de 7.500 Kms. de carreteras y 10.000 Kms. de vías férreas.
La autosuficiencia permitirá a EE.UU. no ser tan vulnerable a los apremios en Medio Oriente, pero seguirá vinculado. En parte, porque el precio del petróleo está globalizado y por la volatilidad de la región. En ese esquema, debe apoyar a Arabia Saudita y a Irak. Al primero, porque es el único país del mundo capaz de aumentar la producción para suplir a los mercados en caso de un conflicto como el actual en Irán. Y a Irak, porque del aumento de su producción dependerán China e India, los nuevos grandes consumidores.

El riesgo es que la mayor facilidad de explotación petrolera, los nuevos yacimientos de gas natural, como el de Vaca Muerta en Argentina, y el abaratamiento de estas energías –aunque en lo positivo suplen a la poluta energía derivada del carbón– pudieran impedir el desarrollo de las energías eólica y solar. También existe el riesgo de que la explotación irracional en mar abierto produzca catástrofes ecológicas como la del Golfo de México, por la cual la petrolera británica AP aceptó pagar una multa de 4.5 mil millones de dólares.

Si bien la mayor producción de energías fósiles cambiará la geopolítica mundial, no podrá hablarse de revolución o transformación de la vida cotidiana, si las ganancias no son invertidas en el desarrollo constante de energías renovables. Son las únicas que evitan los gases invernadero, el calentamiento global y que pueden suplir a la poderosa energía nuclear, que aún sin emisiones, puede tener efectos desastrosos, como quedó demostrado en Fukushima, Japón.

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