24 de Septiembre de 2018

Opinión

La oportunidad del desencuentro

En ocasiones, para mayor firmeza se tendrá que usar algún clavo.

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Con aprecio para Sandra González

Casi todos tenemos la fortuna de contar con amigos de muchos años, tenemos amigos con los que hemos compartido el pan y la sal a lo largo de los años; de esta oportunidad de convivencia hemos llenado nuestras horas, enfrentado tardes de dolores en común, tejiendo el abrigo de una cálida convivencia para nuestras noches de fría soledad, gozosos hemos compartido el sol de la esperanza, los logros de uno han sido la alegría y felicidad del otro, los sueños atrapados en la mente se han vuelto realidad en la compañía del amigo, corazones latiendo a distinto ritmo pero en unión de objetivos; así lo hemos vivido con los amigos.

A través de todos estos años vamos estableciendo una relación de convivencia profunda, sana y esperanzadora; por afinidad, cariño y empatía la convivencia con los amigos va dando sustento y raíces a una amistad profunda. Es común que la relación marche en buen camino la mayor parte del tiempo, pero en ocasiones el latido de la vida nos recuerda que, si bien marchamos juntos, no somos dueños de la misma mente, nuestra alma no es una sola y en una tarde cualquiera nuestra esencia nos enseña qué tan diferentes somos a pesar de haber convivido tanto, de la nada surge la diferencia, el desacuerdo nos recuerda que vamos juntos pero no somos uno solo.

¿Cuál es la raíz de todo esto? Cada uno de nosotros es original, único e irrepetible y es bajo estas condiciones que nos relacionamos, es bajo esta imposibilidad de ser idénticos que con los amigos hemos aprendido a convivir, abrir el alma y dejar que las diferencias se ventilen, que la tolerancia y el aprecio se lleven los tufos de las discusiones y desacuerdos, que una suave y placentera brisa de mar traiga a la relación el aire puro que una diferencia de opinión puede hacer escasear.

Nuestra naturaleza se rebela para autoafirmarse, la necesidad de establecer con claridad nuestra realidad como personas, manifestar nuestras ideas y pensamientos, sacar de la entraña la realidad de lo que soy, puede llegar a ser un momento de conflicto en toda relación. En ninguna, ya sea amistad, noviazgo o matrimonio existe el acuerdo absoluto y la unidad perfecta, nuestra individualidad lo imposibilita y aunque fuera posible no sería deseable en absoluto, nada tan poco enriquecedor como el llegar al acuerdo perfecto e inmutable. De nuestras mutuas diferencias extraemos el oro enriquecedor del goce de la amistad.   

A través de los años y la vida vamos construyendo relaciones y amistades y buscamos el entendimiento y compartir nuestra vida, vamos como los niños armando un rompecabezas, tratando de encontrar la pieza que casa a nuestro color de vida, a la forma de nuestros sueños, necesidades y esperanzas, así, en la construcción de nuestro rompecabezas, armamos el entramado de la gran amistad, ajustando, corrigiendo, evaluando, rectificando errores, comprendiendo que me equivoco y te equivocas, hasta lograr ajustar nuestras piezas y construir el gran mosaico de una amistad verdadera.

Ensamblar esta amistad es como construir un mueble, habrá momentos en los que habrá que limar las piezas, porque algunas asperezas impiden que ajustemos bien, tendremos que buscar en ocasiones con delicadeza realizar una buena conexión entre las partes, otros momentos habrá en los que con seguridad un buen golpe de martillo contribuirá a unir firmemente las piezas; en ocasiones, para mayor firmeza se tendrá que usar algún clavo, clavo que significará dolor en la amistad pero no por ello su destrucción; cuando la realidad de la convivencia nos imponga un clavo, será nuestra decisión utilizarlo para crear una mayor firmeza en nuestra obra y no sólo ser un accidente innecesario.    

En el desencuentro existe un mayor conocimiento, este momento revela aspectos que probablemente no habíamos conocido  del ser humano que tenemos enfrente, oportunidad de construir un mayor aprecio y maravillarse ante la riqueza y diversidad del otro. Reconocerse diferente y aceptar la diferencia del de enfrente es el paso vital para engrandecer y hacer más humana, cariñosa y productiva la amistad.

La verdadera riqueza del ser humano es la inigualable diversidad que posee, no se construye un barco con un mismo tipo de pieza, ni se levanta un rascacielos sobre una sola forma; esta diversidad viene marcada por la diferencia y en el desencuentro está nuestra oportunidad para construir con mayor humanidad y aprecio la amistad.

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