21 de Noviembre de 2018

Opinión

La otra cara (I)

El concepto de espect-actor fue acuñado por Augusto Boal como parte de la práctica escénica a la que bautizó como “Teatro Foro”.

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Poco a poco, la gente se va acercando al lugar que desde hace unos minutos ha sido tomado por las actrices y los actores; para su sorpresa, las y los ocho cómicos le dan la bienvenida, pues le consideran nada más y nada menos que invitados especiales. Más aún, si los recursos propios y ajenos lo permiten, le ofrecerán un poco de agua y fruta mientras le agradecen la complicidad de estar allí, con ellas y ellos.

Durante la próxima hora, la gente convertida en público se asomará a la vida de Mimí y Miguel y de su hija y sus hijos; sin embargo, a unos minutos de haberse iniciado la función, será invitada a permutar su condición de espectadoras y espectadores en espect-actrices y espect-actores para “meterle mano” al pedacito de “realidad” que se le ha presentado a manera de espejo y ensayar así una forma muy otra de responder a aquello que por resultarle diferente desde la ignorancia le produce miedo y se traduce en burla, desprecio, maltrato: violencia.

El concepto de espect-actor fue acuñado por Augusto Boal como parte de la práctica escénica a la que bautizó como “Teatro Foro”, técnica emblemática de su Teatro del Oprimido, para arrebatarle al actor de teatro la propiedad privada que, en una profesionalización dictada por las reglas de un modelo de producción económico como el capitalista, ejerce sobre el personaje, y hacer que éste, su palabra y sus acciones regresen a hablar y hacer desde las voces y los cuerpos de aquellas y aquellos que en la masificación y homogenización modernizadoras han sido reducidos a meros consumidores pasivos del hecho escénico.

¿Por qué quieren hacer esto estas actrices y estos actores? Porque creen, junto con Boal y muchas y muchos otros, que hacer teatro es un derecho de todas y todos, no sólo de quienes se dicen sus profesionales, y porque creen que el teatro es una herramienta privilegiada para mirarse a sí mismas y a sí mismos de la manera más radical que una y uno puede mirarse. No es extraño, ellas y ellos son promotores comunitarios que con esta obra,

La otra cara, que lo es por diferente y por verdadera, quieren hablar con sus familiares, amigos y vecinos sobre el a veces doloroso pero siempre liberador camino de aprender a respetarse a sí mismas, a sí mismos: el camino de la dignidad.

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