21 de Enero de 2018

Opinión

La pequeña gran urbe

De acuerdo con las leyes de la física, la distancia más corta entre dos puntos es una línea recta...

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De acuerdo con las leyes de la física, la distancia más corta entre dos puntos es una línea recta, pero en Cancún no se contaba con el congestionamiento ocasionado por los “cuellos de botella” en diversos puntos viales de la ciudad.

Es frustrante cuando trasladarse desde la avenida José López Portillo, a la altura de la Región 94 -por mencionar algún punto-, hasta la plaza Las Américas, lleva de 40 minutos a una hora; sobre todo cuando trasladarse desde la estación del metro La Raza a la de Portales, en la Ciudad de México, toma aproximadamente una hora.

Para simplificarlo mejor: El camino mencionado en Cancún tiene una longitud total, de acuerdo con Google Maps, de 7.62 kilómetros; la longitud del metro desde la estación La Raza a la de Portales -en la Ciudad de México-, 13 kilómetros, sin contar las paradas que hay que realizar, que es una en la estación Hidalgo, donde suben a diario poco más de 37 mil personas, es decir, más de 13 millones y medio al año (Cancún tiene 770 mil habitantes aproximadamente, de acuerdo con el Instituto Nacional de Estadística y Geografía -Inegi-), revelan cifras del Sistema de Transporte Colectivo Metro (SCT) de la Ciudad de México.
 
Es acaso Cancún una pequeña ciudad, que no ha sabido crecer, y que en su afán de expandirse ha adoptado los problemas de las grandes urbes, pero acomodándolo en pequeños espacios, lo que hace aún más escandaloso el problema.

Y es que el problema de la movilidad ya es añejo, y las causas que lo provocan han ido cambiando con el paso de los años. 

En un principio, se dijo que la terminal de Autobuses de Oriente (ADO) debía ser trasladada a las afueras de la ciudad, ya que ésta origina el “cuello de botella” en el cruce de las avenidas Uxmal con Tulum.

Sin embargo, son varios los ciudadanos que opinan que el principal problema son los camiones del transporte público, pero, ese ha sido otro cantar de muchos años. Los dueños de las empresas con la concesión del transporte público, aseguran que los conductores tienen un sueldo fijo, y que no ganan según el número de personas que trasladen a diario.

A pesar de esto, basta con abordar un autobús para escuchar a los conductores discutiendo por teléfono por qué no han cumplido con la cuota del día, o esperar a que un camión se empareje con otro para que entre los chóferes se reclamen el que uno se adelante al otro para ganar más pasajeros.

Tal parece que la solución no son más carriles (como pasó en la avenida José López Portillo, donde el peatón ya no existe), sino un cambio en la conciencia de los conductores, tanto del transporte público, como de los ciudadanos que poseen un automóvil.

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