16 de Octubre de 2018

Opinión

La pluma, un mágico poder

La obra de García Márquez hizo feliz al mundo, por eso no se acercó al poder político, porque con mágico realismo siempre ejerció el poder de la pluma.

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Ochenta y siete años después, frente al pelotón de los días en que se puede morir, luego de haber conocido el hielo y sobre todo el que se convierte en rocas, sin oponer resistencia alguna ante lo inexorable y desde lo más recóndito de sus recuerdos y nostalgias, aceptó que el jueves, y no cualquier jueves, tuvo que ser el jueves de la Semana Santa, empujara el gatillo que lo conduciría a la inmortalidad, y concluir así una vida terrena que trascurrió desde la limitación económica hasta la enorme riqueza intelectual que generosamente compartió con sus lectores de todas las culturas de este planeta para que su obra perdurara mientras haya inteligencia en este mundo.

Gabriel José de la Concordia García Márquez fue su nombre de pila y haber nacido en Aracataca, una “aldea polvorienta, llena de silencio y de muertos”, marcó su destino, una vida para contarla en cada uno de sus libros. Utilizando las palabras del idioma castellano describe y descubre una realidad que sólo él podía revelar con esa maravillosa habilidad de darle un nuevo sentido a la secuencia de las palabras para crear y recrear nuevas emociones y nuevos y sorprendentes tiempos y espacios, donde la realidad y la magia guiaron su pluma; la materia prima de mis obras son mis recuerdos, decía.

El liderazgo del castellano literario que por siglos ostentó la Península Ibérica, en la segunda mitad del siglo pasado se trasladó a América Latina con el Boom Latinoamericano que construyeron, entre otros, Julio Cortázar, Carlos Fuentes, Pablo Neruda, Octavio Paz, Mario Vargas Llosa y, desde luego, Gabriel García, premios Nobel estos cuatro últimos, antecedidos por Gabriela Mistral y Miguel Ángel Asturias.

Colombiano por la cigüeña, mexicano por sus grandes amigos, latinoamericano por orgullo y ciudadano universal por el mérito de su prodigioso don otorgado por el dios de las palabras, que lo convirtió en un acendrado orfebre del idioma del rey en cuyo reino no se ocultaba el sol; su imagen distaba mucho del intelectual almidonado y normal -el celoso de las normas- que sufría la literatura, su albo liqui liqui al recibir el premio Nobel fue congruente con el placer de crear la nueva literatura de su tiempo, o entusiasmarse en un partido de futbol o encontrar arte en una tarde de toros, o simplemente deleitarse bailando al son de las historias musicales del tan colombiano vallenato; por eso dijo que Cien años de soledad no es más que un vallenato de 350 páginas.

Al controvertido discurso de Zacatecas en el que propuso eliminar sólo las haches rupestres, pero sobre todo, simplificar la gramática, porque si no la gramática terminará por simplificarnos, las redes digitales le están dando la razón.

La política debería hacer feliz al pueblo, afirmaba; su obra literaria hizo feliz al mundo, por eso no se acercó al poder político, porque con mágico realismo siempre ejerció el poder de la pluma.

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