21 de Octubre de 2018

Opinión

La política: entre el odio y el oportunismo

La política es pasión y vehemencia, pero no todo puede quedarse en ello. También es transformar y construir proyectos compartidos para mejorar el estado de cosas.

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La alternancia en la Presidencia en condiciones de poder dividido ha provocado un cambio importante en la política; lo acontecido puede significar un punto de quiebre que signifique no solo una muda para bien, sino una transformación profunda en los valores y actitudes de los políticos. Quienes gobiernan y se oponen han sabido superar diferencias y hacer realidad acuerdos significativos para el país. Sin embargo, dos amenazas de siempre se ciernen sobre lo alcanzado: el odio y el oportunismo.

El odio se ha instalado en la política desde hace tiempo; no se trata del rencor que resulta de la adversidad o de la desventaja injusta, es algo más superficial pero más nocivo: es la incapacidad de los líderes políticos para procesar razonablemente sus pasiones. Los casos son paradigmáticos y cada partido tiene su campeón: Salinas en el PRI, López Obrador en la izquierda y Felipe Calderón en el PAN. No es un problema de personas, sino que al ser personajes relevantes de la vida pública,en su andar prohíjan y cultivan un sentimiento de intolerancia y exclusión.

El odio destruye a quien lo detenta; las mejores prendas de la persona se ven anuladas por la incapacidad de tener a raya esa pasión. De poco sirve la inteligencia, la nobleza o el deseo de mejorar si todo se contempla bajo el prisma del odio.

En la política esta debilidad se vuelve sumamente perjudicial. Recientemente hemos visto capítulos de odio entre correligionarios del PAN. El primer gobernador panista Ernesto Ruffo fue calificado por un destacado panista como “basura reciclada” y con vínculos con el narcotráfico, a la vez que el senador Corral fue señalado “plurinominal profesional”, al servicio de quienes quieran golpear a sus compañeros de bancada.

La política es pasión y vehemencia, pero no todo puede quedarse en ello. También es transformar y construir proyectos compartidos para mejorar el estado de cosas. Las heridas propias de la batalla por el poder no se olvidan ni se perdonan, la política no da para eso, simplemente se superan y se dejan atrás por sentido común y la necesidad de construir un mejor camino, juego de los fuertes no de los débiles. El peso del rencor inhibe la razón y anula la imaginación, atributos indispensables para mejorar y aportar respuestas.

Quedó atrás el país de un solo hombre; hoy los actores fundamentales para el cambio son los partidos, pues en éstos descansan las posibilidades para hacer realidad las transformaciones; los partidos hacen y procesan los cambios, pero el cambio también debe pasar por los partidos y sus dirigentes. Independientemente de las diferencias y de los inevitables problemas y desencuentros debe persistirse en el propósito de construir una nueva urbanidad política.

El oportunismo, tasar la voluntad de acuerdo o colaboración a las ventajas inmediatas, lleva inevitablemente al chantaje y hace a los actores rehenes de un juego sin salida en el que el engaño y la frustración acaban por imponerse. La política es un quehacer rudo, la lucha por el poder y su ejercicio no es cuestión simple y no se requiere invocar a Maquiavelo para comprender que la eficacia demanda atributos distantes de la nobleza y la bondad. Aun así, la confianza, la generosidad y la reciprocidad deben cobrar mayor fuerza entre los políticos. Solo así las cosas pueden cambiar.

En la nueva edición de la cortedad de miras en la pretensión de ventajas inmediatas es hacer del Pacto por México rehén de las exigencias políticas, como si este acuerdo fuera solo en beneficio de quien gobierna. El Pacto por México es lo mejor que le ha acontecido a la oposición en la historia democrática del país. Su debacle va en perjuicio del país y de esta encomiable voluntad compartida para mejorar las cosas. El oportunismo no busca eliminar al acuerdo, sí quienes suscriben el odio.

Como se anticipaba, el debate sobre las reformas fundamentales como la energética y la fiscal plantea dilemas y polariza opiniones no solo en los políticos. Ha llegado el momento de definir posición y es posible que los acuerdos no los puedan suscribir todos. Esa es una de las mayores dificultades del consenso de todos, ya que cualquiera adquiere el poder de veto, con lo que la minoría se impone a la mayoría. Habrá que esperar a las propuestas y deliberaciones, sobre todo, impedir que el odio o el oportunismo anulen la posibilidad de un acuerdo que haga realidad el cambio.

Para ganar hay que saber competir y también saber lidiar con la adversidad. Las tres fuerzas políticas fundamentales viven un desafío de dimensiones mayores. Quizás no lo adviertan o no les importe. No será novedad, la cortedad ha sido la constante en la política. La historia llama la puerta a esta generación de políticos, queda por conocer su respuesta.

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