20 de Septiembre de 2018

Opinión

La putrefacción educativa

Vivimos en la brutalidad de una sociedad de consumo que privilegia el tener sobre el ser.

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En las últimas horas las redes sociales han dado seguimiento a un hecho lamentable en la ciudad de Ensenada: se ha publicado una fotografía en la que se ve a un hombre de los muchos desamparados que viven en la calle, con un pantalón apenas sostenido con una cinta, sin camisa y con bolsas de plástico en lugar de zapatos, alrededor de él se encuentra un grupo de personas sonrientes, hombres y mujeres, dos de ellos empresarios restauranteros del lugar y otro más el director académico de la Universidad de Xochicalco campus Ensenada, uno de los empresarios sostiene en la mano una soga que se encuentra rodeando el cuello del indigente como si se tratara de un esclavo o un animal.

Las risas adornan los rostros de las personas que rodean a este ser humano indefenso, él por su parte no levanta los ojos, su mirada se encuentra clavada en el piso y parece permanecer impasible ante las miradas alegres y de burla de quienes le rodean; la imagen resume lo peor de la humanidad, la insensibilidad y el abuso ante el sufrimiento de otro ser humano, un racismo atroz que considera natural que una persona juegue y se divierta con el sufrimiento e indefensión de otro ser humano, la miseria humana que se vuelve un elemento de recreación y diversión.

Acto imperdonable para cualquier ser que se precie de civilizado, es abominable e inconcebible que integrantes de una sociedad se comporten de esa manera con otro integrante de la misma, peor aún que uno de ellos sea director académico de una universidad, Pedro Quesada Vázquez es su nombre y al observar su mirada divertida uno se pregunta: ¿en manos de qué clase de personas se encuentra la educación que se imparte a los jóvenes?, ¿cuáles serán los resultados de un sistema escolar e instituciones educativas que son dirigidas por esta clase de personas?, ¿para qué están educando a las nuevas generaciones?   

Hace muchos años supe de una maestra que había sido prisionera de un campo de concentración nazi y después de sobrevivir comentaba que quienes fusilaban, torturaban y mutilaban eran médicos, abogados, ingenieros, enfermeras y otros profesionistas cuya barbarie no había sido atenuada por los estudios universitarios, por lo contrario había generado en ellos una crueldad más refinada, desde ese momento comenzó a desconfiar de la educación que se le daba a los jóvenes.

Vivimos en la brutalidad de una sociedad de consumo que privilegia el tener sobre el ser, ahogados en miles y miles de necesidades inexistentes que nos hemos convencido que son indispensables para poder ser felices; la acumulación reiterada de satisfactores nos lleva a confundir nivel de consumo con nivel de vida y así acabamos pervirtiendo la condición humana, negando la unidad de razón, sentimientos y espíritu que somos; sumergidos en un mundo material damos origen a una educación que privilegia lo material.

Y es este materialismo rampante que privilegia lo útil y lo económicamente productivo, el que ha devorado a las instituciones educativas, esforzadas en generar competencias certeras para el trabajo, en carrera feroz para ser las más exitosas al integrar al mundo laboral a sus egresados, dirigen sus esfuerzos a la asimilación de los conocimientos, el desarrollo de habilidades de razonamiento, la adopción de hábitos que generen éxito en el mercado de trabajo.

Centrados en la productividad y la competencia, pervierten el fin último de la educación, abandonan la formación íntegra de seres humanos que generen beneficios tanto para ellos mismos como para la sociedad en su conjunto, beneficios que no es posible circunscribir únicamente a los aspectos económicos; generan hordas de robotizados insensibles cuya única finalidad es la generación de riqueza, como si esa fuera la única manera de llegar a la realización como ser humano; no en balde este sistema genera directores académicos que pueden reír ante la desgracia humana. 

La putrefacción de un sistema educativo castrante, que limita a la persona a sólo el aspecto material de la existencia humana, está degenerando el espíritu de las generaciones que se encuentran en formación. ¡Los están engañando muchachos! ¡Los están pervirtiendo! Educar no es únicamente atiborrarlos de todos esos conocimientos y habilidades que les generan, sino principalmente enseñarlos a utilizarlos para el bien, logrando llegar a la construcción de un mundo más incluyente, solidario y justo para todos y no a sonreír burlonamente ante la desgracia ajena.

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