15 de Julio de 2018

Opinión

La travesía

Rigoberto Rugama Pérez vino al mundo justamente con el triunfo de la revolución sandinista en 1976...

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Rigoberto Rugama Pérez vino al mundo justamente con el triunfo de la revolución sandinista en 1976, luego de la caída del dictador nicaragüense Anastasio Somoza de Bayle. Su padre, Javier Rugama, había perdido la vida en aquel movimiento armado centroamericano. Su madre Antonieta Pérez, había enviudado con nueve hijos, y con el único patrimonio de un puesto de abarrotes en el mercado de Managua, había levantado a sus retoños, a pesar de las penurias que le dejaba aquel pequeño comercio. Su actividad comenzaba a las cinco de la mañana, y quince horas después concluía en un tiempo récord minándole con rapidez la salud. 

Rigoberto, el penúltimo de sus hijos, se había casado con su eterna novia del populoso barrio de “La veladora”, con quien había procreado tres hijos, y cada día la realidad le mostraba las dificultades de llevar el sustento a casa. Muy pronto la reflexión lo llevó a meditar cómo su juventud se consumía, sin un anhelo que por lo menos le diera bienestar a su familia.

Su amigo Raúl Escorza le había comentado en distintas ocasiones de algunos familiares que laboraban en los Estados Unidos y enviaban remesas, buscando mejores condiciones de vida. A partir de aquellos comentarios, Rigoberto Rugama trabajó con redoblado ahínco, doblando turnos de vigilante en una empresa algodonera, con el único objetivo de reunir córdobas (moneda de Nicaragua) y convertirlas a dólares para preparar su traslado en calidad de indocumentado. Todo el día su mente ocupaba los pensamientos de temor y a la vez de reto al atravesar Honduras, Guatemala y México, hasta encontrarse con la frontera “gringa “y con suerte buena, entrar sin grandes obstáculos a la Unión Americana.

Cuando comenzó su cruzada Rigoberto llevaba algunas direcciones de compatriotas que le garantizaban emplearlo en el mismo momento de su llegada. Entró a México por la frontera de “El ceibo”, en los límites de Tabasco y Chiapas, buscando la ruta del ferrocarril del sureste. Como suele suceder en este tipo de situaciones, “el pollero” los había abandonado a su suerte luego de robarles mil 500 dólares a él y otros hondureños y guatemaltecos. En calidad de polizonte, “Rigo”, como cariñosamente se le conocía, viajó en el tren. Recibió alimento de un grupo de mujeres solidarias de Tierra Blanca, Veracruz. Pernoctó en las casas de ayuda a indocumentados. Durmió en el piso de terminales de autobuses. Sufrió discriminación, vejaciones y hasta fue asaltado por las propias autoridades de migración mexicana. A pesar de esas calamidades, logró llegar a Tijuana, agotado, sin recursos, pero sin perder la viva esperanza de lograr su objetivo. Atravesó la frontera a nado por el rio Bravo y más tardó en hacerlo en que fue atrapado, para ser llevado a una celda en espera de su expulsión a suelo fronterizo. 

Rigoberto fue remitido por la delimitación fronteriza tamaulipeca, donde esperó un mes trabajando de cargador en una unidad de venta de refrescos embotellados, lavó autos y vendió dulces en vía pública, para reunir dinero y preparar su insistente travesía. En esta ocasión la hizo por Matamoros, pero desconociendo el terreno se internó de forma equivocada, donde abundan criaderos de serpientes venenosas, con tan mala suerte que una de éstas terminó de inmediato con sus sueños y por ende, con su vida. 

Pasaron varios días sin que el cadáver fuera detectado hasta que el encargado de la migra en esa zona, Lewis Masson, hizo el descubrimiento, y en la revisión a sus pertenencias, en un montón de papeles arrugados, un poema escrito y firmado por él, el cual tituló “El ensueño” y decía: “Qué altiva es la montaña/ que esconde tus recuerdos/ al sonido viviente de las rosas/ hoy por tanto te espero/ aunque llegue la muerte/ no interrumpirá este rito/ de estar entre tus brazos/ de cualquier forma te espero/ en la isla, en el desierto/ de todos modos te espero/ Para mi esposa Rosalinda Álvarez, del barrio “La veladora, en Managua, Nicaragua. 

Después de terminar de leerlo, aquel oficial estadounidense se quebró en un lamento prolongado, y luego entró en un silencio sepulcral. Ese mismo día, lo comentó a su cónyuge y se comprometieron viajar a Nicaragua para entregar aquellos versos sencillos, pero llenos de fe y esperanza.

Luego de entregarlos a la viuda de Rigoberto, el gobierno de aquella nación le rindió un homenaje nacional a quien ofrendó su vida en aras de alcanzar “el sueño americano” y se fue ignorando su grandeza de poeta extraordinario. 

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